Las propuestas de Rocío Molina huyen de lo evidente y corren hacia caminos poco transitados. Lo resumía ella misma hace unos días en una entrevista para Málaga Hoy: “Siempre estoy moviendo mi suelo para hacerme temblar, la comodidad me asusta”. En Grito pelao, montaje programado dentro del Festival Terral que llenó anoche el Teatro Cervantes, se incrementa la apuesta al adentrarse la bailora, con valentía y decisión, en territorios poco reconocibles. La obra nace del deseo de una mujer soltera y lesbiana que quiere ser madre. Para ello, le implantan un óvulo propio inseminado in vitro. El resultado, a estas alturas, es un embarazo que está cerca de alcanzar los cinco meses.

La maternidad es el motor de una función en donde la coreógrafa malagueña comparte escenario con su madre, Lola Cruz, y con la cantante catalana Sílvia Pérez Cruz, a la que conoció entre aviones. Juntas comenzaron a improvisar, bailando y cantando, hasta acabar alumbrando este Grito pelao que completa su dirección artística con la figura de Carlos Marquerie. Al trío protagonista le arropa el violín de Carlos Montfort, el toque de Eduardo Trassierra, el compás de José Manuel Ramos ‘Oruco’ y los paisajes electrónicos, tétricos y evocadores, de Carlos Gárate. Juntos erigen un espectáculo excepcional que se estrenó a comienzos del pasado mes de julio en Avignon, prosiguió en el Grec de Barcelona y recalará en Sevilla, Zaragoza y Madrid a partir de septiembre. Las ultimas fechas de la gira tendrán lugar ya en octubre; será entonces cuando Nimes y París contemplen a Molina danzar en su séptimo mes de gestación. La decisión de poner punto y final a las representaciones de esta obra tras las citas en Francia tiene, en palabras de Rocío, un marcado carácter romántico: el grito pelao se desvanecerá cuando surja la vida.

Sobre las tablas suenan tangos, soleás y tarantos; la bailora se atreve con el canto y la cantaora con el baile. Molina taconea de pie, sentada y encima de un pequeño estanque cuadrado situado en el centro del escenario. Habla con Lola y Sílvia, que es madre de una niña de diez años, sobre Málaga y la criatura que lleva dentro: ahora, según le chiva una aplicación de su teléfono que compara el feto con diversas frutas dependiendo de su tamaño, tiene las medidas aproximadas de un coco. También se dirige a nosotros de forma directa para relatarnos algunas páginas de su diario. En una de ellas se pregunta, con un miedo atroz, si será capaz de amar a su hijo tanto como a su arte. Otras las dedica a la soledad y a la esperanza; a preguntarse quién le acariciará el pelo esa noche mientras estalla la tormenta.

El intermitente acompañamiento musical de Pérez Cruz subraya los movimientos de la danzaora, que ha aprendido aquí, por razones obvias, a frenar su cuerpo pese a los evidentes arrebatos que jalonan la obra. La de Palafrugell, comadrona, amiga y cómplice, ha compuesto para la ocasión nuevas canciones que incluyen motivos tradicionales y algunos textos de Sylvia Plath (Childless womanFor a fatherless son) que aparecen traducidos y proyectados durante el desarrollo de la función como parte de una diligente escenografía. El desenlace, tras dos horas de trayecto, supone un nuevo impulso en la narración gracias a una Rocío Molina desatada: sus manos y pies vuelan. Al terminar, jadeante, se abraza a su madre para sumergirse luego, sin atuendos, en el agua. Allí dentro, junto a lo que está por venir, se agita una vez más dando a luz, dándonos luz.

Foto: Daniel Pérez / Teatro Cervantes

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