Programación del Festival Terral 2017

Hoy se ha presentado la programación del festival veraniego Terral, que se celebrará del 29 de junio al 7 de agosto en el Teatro Cervantes. Tras la insuficiente acogida de la pasada edición, la organización opta en esta ocasión por una serie de actuaciones marcadas “por las aproximaciones a la raíz desde la más palpitante modernidad”. El siciliano Franco Battiato y el inglés James Rhodes encabezan un cartel que completan Salif Keita, Rachid Taha, Dulce Pontes, Vicente Amigo, Capercaillie y Mayte Martín.

Estas ocho fechas remiten, según la organización, a unos sonidos muy diferentes entre ellos pero que invocan todos a los sentidos, a las emociones, a las raíces y al mismo tiempo a la contemporaneidad y la experimentación. En las figuras de Battiato y Rhodes quedan sintetizadas las esencias de este nuevo Terral. Franco Battiato, cuya actuación estará precedida por la del cantautor Juri Camisasca, es el vivo ejemplo de conexión entre la vanguardia y el pop, de la búsqueda de la innovación partiendo del conocimiento de la tradición y las músicas populares. La otra vertiente, la más emotiva, está representada por Rhodes, capaz de trasmitir a públicos no habituados a la música del Romanticismo o el Barroco todo el caudal de sensaciones que estas partituras llevan dentro. Reverenciado por la crítica mundial por su particular estilo de stand-up, el pianista británico contará su historia de superación, hablará de los compositores que interpreta y firmará libros tras su actuación.

Todos los directos se celebrarán a las 20.30 horas en el Cervantes salvo el de Franco Battiato y Camisasca, que tendrá lugar en la plaza de toros de La Malagueta desde las 22.00 h.

La programación es la siguiente:

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[Teatro] Los universos paralelos (Teatro Cervantes, 22.04.2017)

No se concibe muerte más desgarradora que la de un hijo. Hay términos para clasificar a aquellas personas que pierden a sus padres o a su pareja, pero no existe ninguno para quienes sufren el más terrible de los trances. El horror, agazapado, siempre está presente. Federico Luppi intentaba definirlo en Martín (Hache), película dirigida por Adolfo Aristarain en 1997: “No es quererlo, es peor. Es mucho más fuerte, quieres estar siempre con él. Pero sabes que no puede ser. Es miedo a que le pase algo, a que sufra. No puedes ni pensar en que se puede morir, te duele pensarlo, te da pánico porque sabes que si eso llega a pasar no vas a sufrir ni te va a doler: te va a destruir. Vas a dejar de existir aunque sigas viviendo. Si se muere te mueres con él, así de sencillo”.

Los universos paralelos nos sitúa en el duelo por la muerte de Dani, el único hijo de Patricia (Malena Alterio) y Alberto (Daniel Grao). Han pasado ocho meses desde la tragedia y Patricia, vestida de negro de pies a cabeza, apenas levanta cabeza. No le ayuda el pasar todo el día en casa rodeada de recuerdos y paredes que aún reflejan los correteos del niño de arriba abajo. El cuarto de Dani, situado en la parte superior del piso, permanece intacto entre cajas con ropa, juguetes y una cama que luce siempre limpia y ordenada, nunca ya deshecha de un día para otro. La habitación parece mostrarse como una losa permanente para los distintos personajes que charlan y discuten en la planta baja. Además del matrimonio protagonista, también pasean su sufrimiento sobre las tablas la hermana de Patricia, Lucía (Belén Cuesta), la madre de ambas, Lola (Carmen Balagué), y David (Itzan Escamilla), el chico que atropelló mortalmente a Dani. Juntos intentan encontrar la manera de convivir con el recuerdo y mitigar la pena, ya que el dolor, como nos confirma Lola —que también perdió a un hijo—, nunca desaparece.

David Serrano, que hace unos meses presentó Cartas de amor en el Cervantes, dirige este texto instructivo escrito por David Lindsay-Abaire en 2006 bajo el nombre de Rabbit hole. Estrenada el pasado mes de marzo en el Palacio Valdés de Avilés, Serrano define Los universos paralelos como una obra optimista, divertida y hasta terapéutica. Y lo es, pero conviene apuntar que aquí el drama vence a la comedia por la aplastante inercia y transcendencia de lo ocurrido. Las risas, que las hay, provienen de un territorio más ordinario y previsible pero igualmente liberador: un puntal al que aferrarse contra viento, marea y todo tipo de pérdidas afectivas. Notable y generosa es la labor de actores y actrices, vital en un trabajo coral como este. Dentro del reparto centellea el desparpajo de una Belén Cuesta que, junto a Carmen Balagué, ofrecen las vías de escape necesarias ante semejante oscuridad. Pero son los personajes de Daniel Grao y Malena Alterio, que progresivamente irá aireando espacios y volviendo al color en su vestuario, los que delinean y muestran con precisión el aprendizaje que Lindsay-Abaire y Serrano nos proponen. Un manual de instrucciones al que, lejos de la ficción, nunca se debería recurrir.

Programación del V Festival Internacional de Música de Cámara Málaga Clásica

El Festival Internacional de Música de Cámara Málaga Clásica nació en 2013 gracias a la iniciativa del violinista malagueño Jesús Reina y la violinista noruega Anna Margrethe Nilsen. La primera edición se tituló A través del tiempo en alusión al carácter histórico y didáctico de los programas desarrollados, en 2014 el foco iluminó los vínculos entre las músicas populares y la llamada culta bajo el epígrafe de Inspirado en el folclore, y en 2015 los instrumentistas se vistieron camisetas de rayas horizontales y viajaron al París de entreguerras en ¿Qué oía Picasso? La IV edición, titulada Mitos y leyendas, se internó el año pasado en el mundo mágico y evocador de la música, ese rincón donde lo imaginario y lo onírico se cruzan con la realidad.

En esta ocasión el violinista y director Pinchas Zukerman y el violista Paul Neubauer ayudarán con sus cuerdas a conducir el bohemio viaje por la música gitana de la quinta edición del festival. Del 31 de mayo al 4 de junio, el Teatro Cervantes, el Cine Albéniz y el Teatro Echegaray acogerán cinco conciertos agrupados bajo el título de Cultura gitana.

La incorporación de renombradas figuras internacionales (Zukerman, Neubauer, Forsyth y Gimse) enriquece aún más a un equipo de instrumentistas jóvenes de primer nivel en el que repiten respecto a ediciones anteriores, además de Reina y Nilsen, el viola Matthew Lipman, los pianistas Josu de Solaun y Tilman Krämer, la flautista Andrea Amat y el tenor Nils Georg Nilsen. Se incorporan a la nómina de Málaga Clásica cuatro profesores españoles de prometedora y premiada carrera: el violinista Salvador Esteve, el chelista Alberto Martos, el pianista Ambrosio Valero y el guitarrista David Martínez.

Las entradas para asistir a la inauguración y clausura en el Cervantes cuestan 20 euros, las de los conciertos del Albéniz y el Echegaray tienen un precio único de 10 euros, y el abono para las cinco sesiones se puede adquirir por 50 euros. Las entradas están ya a la venta en las taquillas de los teatros Cervantes y Echegaray y el Cine Albéniz, por teléfono (902 360 295 – 952 076 262) e Internet (www.teatrocervantes.es, www.unientradas.es). Todos los conciertos se celebran a las 20.00 horas salvo la clausura, que comenzará a las 19.00.

Junto a las cinco sesiones programadas y al igual que en ediciones anteriores, Málaga Clásica. Cultura gitana brindará al público clases magistrales abiertas al público de violín, viola, violonchelo, piano y voz. Puedes encontrar más información en la web de Málaga Clásica y del Teatro Cervantes.

Os dejamos con la programación:

[Teatro] Mármol (Teatro Cervantes, 23.02.2017)

Mármol, obra escrita por Marina Carr y dirigida por Antonio Guijosa, tiene como punto de partida los sueños que inundan repentinamente las noches de Art (Pepe Viyuela) y Catherine (Elena González). En ellos se ven retozando uno junto al otro en una habitación de mármol. Art le cuenta a Ben (José Luis Alcobendas), el marido de Catherine, que, mientras dormía, hacía el amor con su mujer. Ben, con la mosca detrás de la oreja, corre a casa para hablar con Catherine. Ella le dice que ha soñado lo mismo: su noche ha transcurrido junto a Art. A partir de ahí se desatan preguntas duras, asfixiantes. También necesarias. La nostalgia por lo no vivido toma protagonismo —”lo que nos mata es la vida que no vivimos”, se escucha en algún momento— mientras se colocan todas las cartas sobre la mesa. Anne (Susana Hernández), la esposa de Art, entra igualmente en el juego, completando así un plantel de personajes que sufrirá incluso alguna amputación emocional. Se vislumbran a lo lejos nuevos y brillantes horizontes, pero el camino será siempre largo y tortuoso, tal vez inalcanzable. Mármol no es un texto sencillo: requiere entereza y atención por parte del público y de los actores. La recompensa, que la hay, da que pensar.

[Concierto] John Mayall (Teatro Cervantes, 11.02.2017)

Antes y después del concierto, John Mayall charlaba con la gente, se hacía fotos y vendía su nuevo disco, Talk about that, en el vestíbulo del teatro. Le acompañaban en la faena el bajista Greg Rzab y el baterista Jay Davenport, músicos que le escoltan igualmente sobre el escenario en su recién iniciado Livin’ & lovin’ the blues tour. Pocas personalidades —él lo es— se lanzan a semejantes celebraciones junto a su público sin necesidad aparente.

De Mayall, que en unos meses cumple 84 años, conviene enumerar una vez más lo acostumbrado. El británico fundó en 1955 su primer grupo, The Powerhouse Four, pero sería en los Bluesbreakers, ya en el 63, con los que obtendría algunos de los mayores éxitos de su carrera junto a guitarristas como Eric Clapton, Peter Green o Mick Taylor. En 1968, y tras discos como A hard road o Crusade, se instala en California y establece contacto con Bob Hite, cantante de Canned Heat. Allí se empapa del espíritu hippie de la época, introduciendo en su sonido propuestas acústicas cercanas al folk. Conforme avanzan los setenta, Mayall se interesa por el jazz, el funk y la música de baile, volviendo finalmente al blues rock de los primeros días para encarar la década de los ochenta. Desde entonces ha venido grabando nuevo material de forma más o menos ininterrumpida y ofreciendo conciertos por todo el mundo.

El del sábado pasado en el Cervantes era el cuarto directo del bluesman en Málaga en poco más de una década; la primera visita se produjo en 2003 dentro de la programación del XVIII Festival de Jazz. Su último trabajo es el feliz pretexto para seguir subiéndose a las tablas: no hubo ni rastro del mismo en el repertorio de la noche. Sí hubo espacio y tiempo para Congo Square, A special life o The bear. Mayall, que apenas abrazó la guitarra, se mostró espléndido al órgano Hammond, al teclado Roland y a una armónica que aulló por todos nosotros. Mantiene una voz que rezuma blues, sudor y lágrimas, idónea para esas versiones de Louis Jordan (Early in the mornin’), Mose Allison (Parchman Farm) o Sonny Boy Williamson (Checkin’ up on my baby) que sirvieron para perfilar la noche e invocar a los gurús de todo esto. Mayall, también maestro, aún colea. Y de qué manera.

[Danza] Lindsay Kemp: inventos y reencarnaciones (Teatro Cervantes, 29.01.2017)

Uno de los platos más apetecibles de la trigésimo cuarta edición del Festival de Teatro de Málaga era la puesta en escena de Kemp Dances: inventos y reencarnaciones, montaje de poco más de una hora que ofrece piezas originales pensadas por Lindsay Kemp (South Shields, 1938) junto a otras, ya clásicas, revisadas para la ocasión. Le acompañan aquí Ivan Ristallo, James Vanzo, David Haughton y Daniela Maccari, coreógrafa italiana y compañera de un Kemp que desde hace unos años vive y trabaja en Italia.

Cuatro de los siete actos que componen el espectáculo están protagonizados por Kemp. En Fragmentos del diario de Vaslav Nijinski se reúnen sobre el escenario la totalidad de actores, rodeando a un dios de la danza abatido en su locura. Pero en las tres restantes se enfrenta él solo a una audiencia que, en sus primeras filas, será capaz de distinguir, más allá de los gestos corporales, un rostro por donde se pasea la incertidumbre, el infortunio, la tristeza. Violetta, sentenciada por la tuberculosis, se recuesta sobre un diván mientras Recuerdos de una Traviata, con la voz de María Callas, se desparrama sobre el patio de butacas. Más breves pero de similar fuerza emocional son La flor —acompañado del Laudete Dominum de Mozart— y El ángel, con el Requiem de Verdi, que sirve para devolvernos a casa mientras evocamos muchas de las imágenes para el recuerdo que la noche nos ha transferido.

Conviene no olvidarse de fragmentos como Mi vida o La femme en rouge, donde dos amantes se ven obligados a separarse tras la irrupción de las tropas alemanas en París durante la Segunda Guerra Mundial. En ambas contemplamos a una Daniela Maccari espléndida, que finalizó su participación retorciéndose y casi tocándonos con El cisne. Poco después recibía, junto al resto del plantel, un merecido premio en forma de estruendosa ovación, probable festejo de la derrota del mal frente a la incandescente belleza que desprenden estas nuevas invenciones.

[Teatro] El padre (Teatro Cervantes, 15.01.17)

El padre, pieza teatral escrita por el dramaturgo francés Florian Zeller, plasma sin apenas ambages el deterioro mental al que está sometido una persona aquejada de alzhéimer. Del mismo modo, muestra el abismo al que se enfrentan familiares y amigos de la víctima, colaboradores habituales a la hora de conformar las vivencias que le han acompañado a lo largo de su vida. Entre ellos distinguimos a los hijos o al personal que tan amablemente le asiste, pero también al que acepta a regañadientes, no queda otra, la carga que supone enfrentarse a semejante marrón. Un persistente motivo de irritación para el que pueden florecer soluciones cuando llega la noche y el descanso. Es lo que le ocurre al personaje encarnado por una fantástica Ana Labordeta, la hija, que confiesa y describe minuciosamente un sueño donde estrangula a su padre mientras duerme.

La adaptación que José Carlos Plaza ha realizado de El padre pretende introducirnos en la mente del afectado valiéndose de una puesta en escena donde encontramos personajes interpretados por distintos actores o fragmentos cuya repetición desconcierta, dando pie a escenas y situaciones donde los espectadores terminan manoseando levemente la confusión del protagonista. No hay intención de acorralarnos con cuestiones de difícil salida. Basta observar y acompañar a Andrés y sus allegados, parecen indicarnos desde dirección, para tropezarnos con muchos de los oscuros callejones que podemos llegar a albergar en nuestro interior.

“Es como si fuera un árbol y estuviera perdiendo todas las hojas”, intenta explicarnos un excepcional Héctor Alterio, que ya desde su primera aparición correteando por el escenario invita a celebrar todo lo que supone una función teatral. Poco a poco el mobiliario irá desapareciendo y las puertas y ventanas serán tapiadas. Finalmente nos queda una habitación enorme, blanca y vacía, donde solo escuchamos las mismas preguntas una y otra vez, ya que las respuestas, las hojas a las que se refería Alterio, son arrastradas por el viento para no volver.