
El Teatro Cervantes acogió el jueves 23 y el viernes 24 de abril de 2026 un nuevo concierto de la temporada de abono de la Orquesta Filarmónica de Málaga. El programa preparado para esta ocasión, de más de 130 minutos de duración en la primera de las dos jornadas, se puede catalogar como ambicioso. En él, la formación costasoleña combinó creación actual, repertorio británico del siglo XX y una de las grandes cimas del sinfonismo soviético. Bajo la dirección del maestro mexicano Carlos Miguel Prieto (1965), la formación malagueña afrontó un concierto de gran exigencia técnica y expresiva, con la participación del pianista Dmytri Shishkin (1992) como solista.
Carlos Miguel Prieto es una de las figuras más destacadas de la dirección orquestal actual en el ámbito internacional. Ha estado vinculado a instituciones de primer nivel como la Orquesta Sinfónica Nacional de México, la Louisiana Philharmonic Orchestra o la Orquesta Sinfónica de Minería, entre muchas otras. Además, es reconocido por su versatilidad en el repertorio. Así, su repertorio abarca desde la música de los siglos XX y XXI hasta el sinfonismo de las épocas clásica y romántica. Como pudimos comprobar, su trabajo ha sido especialmente relevante en la difusión del repertorio académico latinoamericano. En este sentido, ha colaborado de forma estrecha estrechamente con compositores de este momento y participado en numerosos estrenos.
Por su parte, el pianista ruso Dmytri Shishkin se ha consolidado como uno de los intérpretes más destacados de su generación tras obtener importantes reconocimientos internacionales. Entre ellos, cabe citar el Segundo Premio en el Concurso Internacional Chaikovski (2019) y el Primer Premio en el Concurso de Ginebra. Su carrera combina una intensa actividad concertística con actuaciones junto a destacadas orquestas y directores. Interpretativamente, como se pudo comprobar, destacó por una técnica depurada y una gran sensibilidad musical.
La velada se abrió con O Kauyumari (2021), de la compositora mexicana Gabriela Ortiz (1964), una partitura de fuerte carga simbólica cuyo título (“ciervo azul” en la tradición huichol) remite a una figura espiritual asociada a la transformación y la búsqueda interior. Desde sus primeros compases, la partitura despliega una escritura orquestal rica en color y ritmo gracias a un uso muy cuidado de la percusión y de los planos tímbricos. La interpretación de la Filarmónica de Málaga destacó por su claridad. De esta forma, Prieto supo equilibrar la densidad de la orquestación con una lectura estructurada. Al mismo tiempo, evitó que el discurso se dispersara y subrayó el carácter ritual y evocador de la pieza.
El programa continuó con el Concierto para piano nº 1 en re mayor op. 13 de Benjamin Britten (1913-1976), pieza compuesta en 1938 y revisada posteriormente por el propio autor. Desde la brillante Toccata inicial quedó patente la exigencia virtuosística de la partitura. Shishkin ofreció una interpretación sólida, con un notable control técnico, claridad en la articulación, precisión y musicalidad. De esta forma, destacó en los pasajes más rítmicos y en la compleja escritura del primer movimiento.
El movimiento lento, revisado por el propio Britten en 1945, permitió apreciar una dimensión más introspectiva del pianista gracias a un fraseo cuidado y una sonoridad más contenida. La interacción entre solista y orquesta fue fluida, gracias a una dirección atenta a los equilibrios y a la construcción global de la obra.
Tras el receso, la segunda parte del concierto estuvo dedicada íntegramente a la Sinfonía nº 10 en mi menor op. 93 de Dmitri Shostakóvich (1906-1975), una de las obras más complejas y significativas del repertorio sinfónico del siglo XX. Compuesta en 1953, poco después de la muerte de Stalin (1878-1953), la pieza ha sido interpretada de forma frecuente como una reflexión sobre el terror y la represión del régimen soviético. Prieto tomó la palabra antes de su inicio para dedicar la interpretación a la memoria del director estadounidense Michael Tilson Thomas (1944-2026), fallecido el 22 de abril. Nos permitirán hacer lo propio con el director malagueño Víctor Eloy López Cerezo (1983-2026), que nos dejó seis días antes (una de sus últimas apariciones en el escenario, junto a Abraham Cupeiro y la propia Filarmónica de Málaga, la contamos en este espacio el 18 de enero de 2026).
Desde el inicio del primer movimiento, la Filarmónica de Málaga desplegó un sonido oscuro y compacto, adecuado al carácter sombrío y profundo de la obra. Prieto optó por tempi sostenidos que permitieron desarrollar con amplitud la arquitectura del movimiento, al tiempo que subrayó su dimensión narrativa. La cuerda ofreció un sonido homogéneo, mientras que las intervenciones de los vientos aportaron momentos de gran expresividad.
El segundo movimiento, breve y de enorme intensidad, fue abordado con energía, solidez y precisión, y remarcó el carácter casi violento de la escritura. En contraste, el tercer movimiento introdujo elementos más ambiguos y personales, con la presencia del célebre motivo DSCH (re-mi bemol-do-si), firma musical del compositor. La interpretación mantuvo la tensión interna de la pieza y permitió que los distintos planos expresivos se articularan con coherencia. Por último, el cuarto movimiento condujo a una resolución más abierta.
En definitiva, el concierto confirmó la capacidad de la Orquesta Filarmónica de Málaga para abordar programas de notable complejidad estilística y técnica. También remarcó la solvencia de Carlos Miguel Prieto en la construcción de discursos musicales amplios y coherentes. La combinación de repertorio actual, una obra firmada por una mujer, un concierto solista y una gran partitura sinfónica ofreció una velada rica en contrastes y de notable interés artístico.


































