
Resulta curioso y hasta incomprensible que hayamos tenido que esperar al recién clausurado 2025 para tener entre las manos la primera biografía en castellano de Kraftwerk. Suponemos que algunas buenas razones habrá, eso por descontado, pero no toca aquí y ahora indagar sobre ello, sino congratularse y felicitar a la editorial Muzikalia —cuya web sigue al pie del cañón tras su nacimiento en el año 2000— por la publicación del libro dedicado al grupo alemán escrito por el periodista Pablo Ferrer Torres (Valencia, 1978). El volumen, que de momento ha alcanzado la segunda edición, configura con buen pulso narrativo una apreciable semblanza de la banda recurriendo con frecuencia a diversos testimonios de los protagonistas de la historia. Una encomiable labor compilatoria, especialmente tratándose de un grupo que siempre ha desprendido y defendido cierto hermetismo, que se traduce en decenas de entrevistas, artículos, declaraciones y otras referencias. Pero de entre todo el material al que echa mano Ferrer destacan, claro, las memorias, a ratos controvertidas, de dos de los componentes de la formación clásica del cuarteto: Yo fui un robot (2000; Milenio, 2011), de Wolfgang Flür, que perteneció a Kraftwerk entre 1973 y 1987, y Der Klang der Maschine. Autobiografie (2017), de Karl Bartos, integrante de la banda desde 1975 hasta 1990.
Procedentes de familias acomodadas de Düsseldorf, Florian Schneider y Ralf Hütter se conocieron en el verano de 1968. Tras militar en Pissoff, ambos deciden formar y liderar su propia banda, Organisation, con la que editarían un solo trabajo, Tone float (1969). La compañía RCA decide prescindir de ellos tras las escasas ventas del disco y el grupo se disuelve, pero Schneider y Hütter continúan adelante bajo la denominación de Kraftwerk. En los primeros años de la década de los setenta llegan Kraftwerk (1970), Kraftwerk 2 (1972) y Ralf und Florian (1974), tres álbumes de corte experimental y empapados de las sonoridades propias del krautrock, corriente musical de amplio alcance que aúna improvisación, minimalismo, vanguardia, ritmo motorik y electrónica —entre otros ingredientes— y en la que también se inscriben bandas como Neu!, Can, Amon Düül II, Tangerine Dream o Guru Guru. Muchas de ellas, con Kraftwerk a la cabeza, se significan como alemanas: optan por expresarse en su idioma natal frente a la invasión angloamericana de los años sesenta. Además, junto al inevitable influjo de popes como The Beatles, Pink Floyd, The Beach Boys o The Doors, Schneider y Hütter absorben igualmente con fruición y buen provecho las enseñanzas de Schubert, Beethoven, Wagner, Stockhausen, Fritz Lang o los arquitectos de la Bauhaus. Según Brian Eno, «mientras que la mayor parte de la música pop inglesa surgió de otras músicas pop, me parecía que lo que estaba sucediendo en Alemania había surgido del arte contemporáneo». Cabe subrayar que los músicos y artistas que conforman esta nueva hornada pertenecían a una generación que nació y creció entre los rescoldos aún candentes de los estragos producidos por la Segunda Guerra Mundial. En palabras del autor David Stubbs, «fue la primera en estar libre de cualquier culpa individual, pero sus integrantes tomaron conciencia como adultos de la enormidad de los crímenes en cuya sombra habían nacido».
Volviendo a la trilogía inicial del grupo, conviene avisar que si uno, la mar de convencido, intenta escuchar alguno de los tres discos que la componen en plataformas como Spotify, Tidal o Apple Music se llevará una desagradable sorpresa: no encontrará ni rastro de ellos (prueben con YouTube a ver qué tal). Es a partir de la publicación en noviembre de 1974 del álbum Autobahn, con la electrónica campando ya a sus anchas, cuando Ralf y Florian consideran que realmente se da el pistoletazo de salida a Kraftwerk, o al menos así lo han dejado entrever con el paso de los años al no hallar sus primeros trabajos, siempre sustanciosos, en la discografía oficial del grupo.
Con Wolfgang Flür y Karl Bartos ya insertados en la alineación, la banda, que poco a poco comenzará a ser valorada entre el público y la crítica, irá perfeccionando y dando lustre a un inconfundible sello sonoro (predominio de sonidos repetitivos, melodías pegadizas, voces robotizadas) que terminará por marcar una época gracias a una ristra de trabajos impecables —alumbrados en el estudio Kling Klang de Düsseldorf— que se inicia con el citado Autobahn y continuará con Radio-Aktivität (1975), Trans Europa Express (1977), Die Mensch-Maschine (1978) y Computerwelt (1981). Una producción discográfica a todas luces extraordinaria que alentó el nacimiento de estilos musicales de notable envergadura (techno, house, hip hop, synth pop) y cuyo legado podemos rastrear en la obra de grupos y artistas como Bowie, Iggy Pop, Afrika Bambaataa, Derrick May, Jeff Mills, Juan Atkins, OMD, Gary Numan, Human League, Depeche Mode, New Order, Aviador Dro, Air, Daft Punk, Boards of Canada y un vasto e inagotable etcétera.
Kraftwerk fueron pioneros y arquitectos de la música electrónica moderna, qué duda cabe, y desarrollaron muchas de las herramientas e instrumentos para crearla (sintetizadores, baterías electrónicas, vocoders, secuenciadores). Durante la década de los setenta nadie les plantó cara, nada pudo pararles los pies. Pero sumergidos ya en los años ochenta, como bien apunta Ferrer, «comenzaron a perseguir el espíritu de la época en lugar de definirlo». Resulta llamativo y paradójico, por ejemplo, que hicieran todo lo posible por emular el sonido del Blue Monday (1983) de New Order cuando estos, desde el primer momento, admitieron la fuerte influencia que la formación alemana había ejercido sobre ellos. «Kraftwerk fueron unos adelantados a su tiempo —comenta Ferrer en una entrevista publicada el pasado mes de noviembre en la web de Rockdelux— en una época en la que era muy difícil acceder a los aparatos que necesitaban para crear la música que tenían en su cabeza. En la actualidad pasa lo contrario, está todo a disposición del músico. Creo que Kraftwerk no se habrían sentido cómodos hoy en día. Es más, realmente dejaron de estarlo cuando comenzaron a tener la tecnología a su alcance y ya no tenían que crear o experimentar con sonidos inventados por ellos mismos». A finales de 1986 llegaría Electric Cafe (rebautizado como Techno Pop en su edición de 2009), álbum en el que, según Bartos, «la banda colocó la tecnología por delante de la música, y ese fue el error». La situación empeoraría: mientras que Wolfgang Flür dice adiós en 1987 a causa de su papel cada vez más accesorio dentro del modus operandi de Ralf y Florian, Karl Bartos tiraría la toalla en 1990 al sentirse impotente e infeliz dentro del grupo.
Hütter y Schneider, junto a los distintos y numerosos sustitutos de Flür y Bartos, pasarían hasta la entrada del siglo XXI largas temporadas más o menos atareados en su estudio Kling Klang pero sin llegar a publicar nuevo material más allá del álbum de remezclas The Mix (1991). Sin embargo, desde 2003, año en que editan Tour de France Soundtracks, y especialmente tras la marcha de Schneider en 2009 debido a su deseo de no participar en conciertos y actos promocionales, el grupo no ha dejado de anunciar giras que recalan indistintamente en salas, festivales, emplazamientos históricos y museos repartidos por todo el mundo. A estas alturas del cuento parece que lo único que le importa a Ralf Hütter —que en agosto cumplirá ochenta años— es proyectar, actualizar, proteger y sacar provecho de uno de los legados más excepcionales de la música popular. En su derecho está, faltaría más.
En una de las citas que se recogen al final de este Kraftwerk: la máquina humana, el periodista David Saavedra concluye su texto afirmando con rotundidad que la banda alemana ha sido «más influyente que los Beatles». Tampoco es eso. No. Pero de entre los pocos grupos que pueden medirse sin sonrojarse a los de Liverpool únicamente por su ascendencia en esto del pop, que haberlos haylos, uno de ellos son Kraftwerk. Y aquí sí que no hay discusión posible.


































