Una imagen de 'Goyescas'. Daniel Pérez / Teatro Cervantes

La escenografía, la ambientación y los decorados juegan un papel fundamental en la ópera. Enmarcan la acción, amplifican y traducen en imágenes la emoción, el contexto histórico, la dimensión simbólica de la música y el libreto. Así, poseen funciones dramáticas, narrativas e, incluso, poéticas. Además de emplazar y contextualizar la trama, situar al espectador en un tiempo y lugar determinado, refuerzan los conflictos de los personajes y el tono emocional de la obra, influyen en el desarrollo de la acción escénica y marcan el enfoque artístico de la producción, entre otras funciones.

En definitiva, si se diseña de una forma adecuada, también de forma creativa (en ocasiones, se traslada la acción a otros instantes o contextos), acompaña, revela, transforma, eleva y otorga profundidad a la narrativa musical. Por el contrario, sobre todo si se incorporan añadidos, se corre el riesgo de distraer y difuminar la propuesta. Tal vez esto último es lo que, bajo nuestro criterio (por supuesto, indicado con todo el respeto y de la forma más constructiva, ya que puede ser fruto de una impresión personal y subjetiva), pudo acontecer en el Teatro Cervantes de Málaga el pasado viernes 23 de mayo de 2025.

La cita invitaba a aproximarse a uno de los capítulos más brillantes de la historia musical española con la representación de Goyescas (1915), de Enrique Granados (1867-1916), y de El retablo de Maese Pedro (1923), de Manuel de Falla (1846-1946), en el marco de una producción escénica multitudinaria entre músicos, cantantes, actores y bailarines que se vino a denominar como La Edad de Plata. Díptico español. Esta propuesta, fruto de la coproducción entre la Ópera de Oviedo y la sala de la Capital de la Costa del Sol, intentó rendir homenaje a dos compositores que engrandecieron la cultura española entre finales del XIX y el primer tercio del XX.

‘El retablo de Maese Pedro’. Foto: Daniel Pérez / Teatro Cervantes

A las óperas se les sumó una dramaturgia que fue definida en las notas al programa como Soñar España: una ucronía. En ella se incluyó, tal vez de forma extraña, al pintor Ignacio Zuloaga (1870-1945) como protagonista a la altura de los compositores, además de otros muchos personajes. También se añadieron reflejos sobre fiestas, encuentros y situaciones en una escenografía que se situó en la casa de Zuloaga en París en la ocupación nazi de 1939, en los felices años veinte en la capital gala, en el viaje de Granados a Nueva York a cuyo regreso su barco fue torpedeado y hundido en el contexto de la I Guerra Mundial y en la casa granadina de Falla instantes antes de que emprendiera su viaje a Argentina, entre otros marcos. El vestuario fue diseñado por Jesús Ruiz y la coreografía por Olga Pericet.

Goyescas: estilización musical y pasión goyesca

Inspirada en las pinturas y el espíritu castizo de los majos retratados por Francisco de Goya (1746-1828), Goyescas se presenta como un ejercicio de estilización sonora y teatral. Enrique Granados transformó su célebre suite para piano en una ópera de tres cuadros que destaca por una orquestación brillante y unas líneas vocales de gran interés. En el Cervantes, la dirección musical de José María Moreno al frente de la Orquesta Filarmónica de Málaga, exprimió tanto la dimensión lírica como los juegos de color que propone la partitura.

Tras la interpretación de la Marcha de los vencidos (1899) contrapuesta a proyecciones de 1939, y de la Danza de los ojos verdes (1916), ambas de Granados, en este último caso la última pieza que compuso dedicada y dirigida a la bailarina Antonia Mercé, “La Argentina” (1890-1936), fue el turno de Goyescas.

Raquel Lojendio encarnó a Rosario con seguridad y sensibilidad vocal. Así, sobresalió en muy diferentes instantes, especialmente en la interpretación de la bellísima Canción del ruiseñor. Por su parte, Mónica Redondo defendió el papel de Pepa con frescura y precisión, Enrique Ferrer (Fernando) se mostró elegante y brillante y Damián del Castillo (Paquiro) aportó intensidad. El Coro Titular del Teatro Cervantes – Intermezzo, dirigido por Pablo Moras, completó la escena con intensidad y proyección.

Tras el descanso, La danza de la muerte y Psyché (1924), de Falla, retomaron la propuesta antes de El retablo de Maese Pedro de Falla. Sin duda, se trata de una partitura bellísima repleta de referencias a la música de los siglos XVI y XVII española en la que don Manuel sobresalió en el uso camerístico del lenguaje orquestal y en la síntesis que planteó entre la música académica, la tradición y el teatro dentro del teatro. De esta forma, firmó una pieza plena en intensidad, estímulos y concisión partiendo del teatro de títeres.

Inspirada en el episodio XXVI de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, en el que el Caballero de la Triste Figura asiste e interrumpe con fervor caballeresco una representación de marionetas, fue estrenada en 1923 en París en casa de Winnareta Singer (1865-1943), princesa de Polignac y heredera de la marca de máquinas de coser de su apellido. La mecenas encargó su composición al maestro gaditano tiempo atrás, aunque tardó cuatro años en completar el pedido, ya que no encontraba la inspiración necesaria para plantearla de la forma y con el nivel e interés que consideraba oportuno.

‘Goyescas’. Foto: Daniel Pérez / Teatro Cervantes

En este sentido, la partitura entronca también con el mundo creativo de Federico García Lorca (1898-1936) y el aguafuertista, docente y constructor de títeres Hermenegildo Lanz (1893-1949). Junto con don Manuel, organizaron el 5 de enero de 1923 en casa del granadino una propuesta de títeres, los célebres Títeres de cachiporra. Falla y Lorca compartían la visión de un arte escénico arraigado en lo popular, lo poético y lo artesanal.

No obstante, cabe destacar el hecho de que el compositor gaditano apreció en gran medida el talento y la personalidad del poeta, dramaturgo y músico. Tras el éxito de esta iniciativa, creyó adecuado ubicar la trama en este episodio del Quijote incorporando un teatro de títeres. Tras trasladarlo a Singer, esta aceptó y el gaditano continuó en este sentido la empresa. Contó en ella con Manuel Ángeles Ortiz (1895-1984), Hernando Viñes (1904-1993) y el propio Lanz en el diseño y realización de la escenografía y los títeres. Así respondió el sevillano a la oferta laboral de don Manuel:

«Ayer recibí su cariñosa carta. Para darme cuenta de su contenido la leí cuatro veces en dos horas y al final no sabía lo que contenía; tal era el estado de mis nervios y la alegría enorme que sentí al ver que continuaban nuestros trabajos cachiporrísticos… Mil gracias, maestro. No tengo que decirle que todo, absolutamente lo que tengo que hacer (no es poco) lo abandono para entregarme en cuerpo y alma y con todo casi entusiasmo a darle gusto en sus deseos» (Castillo, 1994, p. 12).

Hermenegildo se encargó del diseño de las cabezas talladas de los muñecos de Don Quijote, El estudiante, El hombre de las lanzas y alabardas, El paje, El trujamán, El ventero y Maese Pedro. También diseñó el decorado de los cuadros dos y cinco, para los que se inspiró en una sala de la Alhambra, y elaboró ocho dibujos de figurines para figuras planas. Por último, también dibujó dos viñetas para la edición de la partitura de J & Chester.

‘El retablo de Maese Pedro’. Foto: Daniel Pérez / Teatro Cervantes

Regresando a un Teatro Cervantes de Málaga que subrayaba su nombre, no hubo títeres en una puesta en escena en la que se sustituyeron los muñecos por personajes reales, por un intento de película muda que se proyectó o la extraña dramatización de algunos personajes externos a la acción.

En lo musical, José María Moreno y la Orquesta Filarmónica de Málaga atendieron a los múltiples detalles tímbricos planteados por don Manuel. Joan Martín-Royo combinó los papeles de Don Quijote y Falla con una interpretación sobria y cargada de matices. José Luis Sola (Maese Pedro) y la mezzosoprano Lidia Vinyes-Curtis (Trujamán) completaron el elenco protagonista.

Por último, me disculparán este añadido. Siempre ha existido una controversia sobre si es oportuno juzgar años y épocas después las ideas, acciones, manifestaciones y postulados de los artistas o simplemente se debe poner el foco en su obra. No obstante, todos somos fruto y consecuencia de un momento histórico y de un contexto.

Sea como fuere, quizá lo que no es adecuado es variar el sentido de ninguna figura. En el marco de la guerra civil española, Zuloaga, tras declararse neutral en un primer momento, fue ferviente defensor de la sublevación. Como es bien sabido en Málaga en el horrendo y dramático episodio de “La desbandá” de 1937, la Alemania nazi y la Italia fascista colaboraron con tropas, armamento y aviación con los rebeldes. Actuaron tanto en el ámbito militar como contra la población desarmada. El excelente pintor vasco declaró en 1939 «gracias a Dios, y a Franco, ¡al fin se ganó la guerra y terminó! Y terminó, a pesar de los deseos de los países que se llaman democráticos – ¡que farsa, qué vergüenza!” (Crosson, 2009). En 1941 pintó un retrato de Francisco Franco como falangista.

Con respecto a Falla, estuvo de acuerdo en un primer momento con la rebelión, aunque pronto se horrorizó ante los métodos que los sublevados emplearon, ya que chocaban directamente con su gran sentido religioso. El asesinato de Federico García Lorca le hirió profundamente y le empujó a salir de España tan pronto como le fuera posible. En parte, nunca lo superó, y se responsabilizó de forma directa de no haber hecho lo suficiente por salvar a su amigo, al que, incluso, pudo considerarlo “como al hijo que nunca tuvo” (De la Ossa, 2014)

Sí que pudo interceder por Lanz, al que detuvieron el 4 de agosto de 1936. Don Manuel, temeroso de que corriera la misma suerte que Federico, se movilizó con decisión, envió rápidamente una carta al conocido capitán falangista José Nestares, jefe de las fuerzas del destacamento de Víznar, e intercedió directa y decididamente por el aguafuertista ante las autoridades sublevadas granadinas.

‘El retablo de Maese Pedro’. Foto: Daniel Pérez / Teatro Cervantes

Una vez finalizada la guerra, Lanz fue una de las pocas personas que acompañó a Falla en su despedida de Granada el 28 de septiembre de 1939 antes de su partida hacia Argentina. Incluso, redactó el documento «Salida de D. Manuel de Falla de su casa de Granada, Antequeruela Alta, n.º 11», fechado el mismo día de su marcha a las siete de la tarde. También dibujó su Carmen antes de que este se desmontara (gracias a este trabajo, años después se pudo reconstruir para convertir en el imprescindible museo actual sobre el maestro próximo a la Alhambra):

«Inclinó su cara sobre mi cara y sentí su emoción, no reprimida como la de su hermana sino expresada con palabras tan terribles, profundas y distintas a las anteriores que las recojo porque me hirieron en lo más hondo de mi alma. –¡Adiós, hasta la Eternidad, en el fondo del mar, tal vez. Lo que sea voluntad de la Providencia! […] Después de escrita esta impresión, me acosté porque sentía frío, de toda la tarde, bastante malestar y disgusto y hoy, día siguiente, después de dormir muy mal, de apenas dormir, cuento las horas desde que se marchó mi segundo padre don Manuel de Falla, el hombre que modeló mi espíritu, quizá para no volverlo a ver jamás. ¡Cúmplase la voluntad de Dios!» (Mata, 2003, p. 158).

Sobre Federico García Lorca, Lanz escribió también:

«La adiviné por otro joven moderno con pistolas, dos, en la cintura. Entró en mi cuarto con el gorrillo destocado después de registrar mi casa al frente de muchos fusileros: me interrogó sobre cosas que yo no entendía, hablamos un momento se marchó estrechándome la mano, se agravó mi enfermedad y esperé resignado acompañarte pronto, conozco ya mi inferioridad. Estoy vivo, no sé por qué, es decir, si lo sé, porque mis amigos me rodearon como una muralla inexpugnable. Tu muerte les dio tiempo» (Mata, 2003, p. 153).

Referencias bibliográficas

Anderson, Andrew A. (Coord.) (2023). Los títeres de Lorca, Lanz y Falla [exposición, Centro Federico García Lorca, abril-octubre 2023]. Centro Federico García Lorca.

Castillo Higueras, José Miguel (1994). Hermenegildo Lanz. Granada y las vanguardias culturales. 1917-1936 [exposición Granada, Centro Cultural La General, 3 de febrero al 3 de marzo de 1994]. Archivo Manuel de Falla.

Crosson, Dena (2009). Ignacio Zuolaga and the problem of Spain [disertación]. University of Maryland.

De la Ossa Martínez, Marco Antonio (2014). Ángel, musa y duende: Federico García Lorca y  la música. Ediciones Alpuerto/Servicio de Publicaciones de la UCLM.

De la Ossa Martínez, Marco Antonio (2023, mayo 25). Federico García Lorca, Hermenegildo Lanz, Manuel de Falla y el teatro de títeres [comunicación]. Congreso Internacional “Retornos al pasado, caminos de vanguardia. En el centenario de El retablo de maese Pedro” (1923-2023), Universidad Complutense de Madrid.

Mata, Juan (2003). Lanz. Diputación de Granada.

Mata, Juan (2004). Apogeo y silencio de Hermenegildo Lanz. Diputación Provincial de Granada.

Orozco, Manuel (1995). Manuel de Falla: historia de una derrota. Destino.

Orrigner, Nelson R. (2014). Lorca in tune with Falla: Literary and musical interludes. University of Toronto Press.