Juan Diego Botto, en un momento de 'Una noche sin luna'. marcosGpunto
38 FESTIVAL DE TEATRO DE MÁLAGA

Ya desde el comienzo se revela Una noche sin luna como creación bien espabilada que arrastra con ímpetu al patio de butacas sin necesidad de que los asistentes sean interpelados constantemente. Vienen aquí al caso los dos tipos de lectores que diferenciaba Julio Cortázar: por un lado, el lector-hembra, término que hoy en día obligaría al autor de Rayuela a abandonar su país de residencia —tal vez nuestra galaxia— y que hace referencia al «tipo que no quiere problemas sino soluciones, o falsos pro­blemas ajenos que le permitan sufrir cómodamente sentado en su sillón, sin comprometerse en el drama que también debería ser el suyo»; por otro, el lector-cómplice, definido como aquel que «puede llegar a ser copartícipe y copa­deciente de la experiencia por la que pasa el novelista, en el mismo momento y en la misma forma». Es esta segunda descripción la que encaja felizmente con lo visto y escuchado ayer en el escenario del Teatro Cervantes: actor y público se alzan protagonistas de una representación enormemente vivaz que incita a mediar, a involucrarse hasta las trancas en el montaje abriendo la boca o guardando silencio.

Juan Diego Botto, extraordinario sobre las tablas, recorre distintos pasajes de la vida de Federico García Lorca a través de entrevistas, charlas, poemas y fragmentos de sus obras. Un material a moldear, aparentemente acotado aquí por tramas de dictaduras y desaparecidos, que se descubre como un afilado instrumento con el que apelar a cuestiones vitales que incluyen la búsqueda de una identidad común, la memoria, la libertad o la necesidad de tener siempre a mano pan y libros. Por Una noche sin luna circulan motivos graves y peliagudos, ya ven, pero conviene recordar que es Sergio Peris-Mencheta el que guía el percal: toca jugar. Y ambos, intérprete y director, juegan, y de qué manera, amparados por notables dosis de humor e ingenio y secundados por una escenografía —amplio cuadrilátero transformado en parque lúdico de variopintas posibilidades— que se exprime sin cortapisas durante las casi dos horas de monólogo.

Termina el recreo con el indefectible final: el poeta es fusilado en una noche sin luna. Suena aquel Pequeño vals vienés que reunió a Leonard Cohen, Enrique Morente y Lagartija Nick —pieza ya excepcional del imaginario lorquiano—, y no tardan en arreciar los aplausos hasta convertir la despedida en una de las mayores ovaciones que ha presenciado el Cervantes en mucho tiempo. Lorca fue cancelado, nunca olvidado, y el último baluarte de su vida y obra es hasta nuevo aviso este artefacto ideado por Botto-Mencheta con el que el propio Federico, al igual que nosotros ayer, reiría y lloraría con desparramada emoción. Vivo.