Imagen promocional de 'Lehman Trilogy'. Barco Pirata Producciones
36 FESTIVAL DE TEATRO DE MÁLAGA

Sergio Peris-Mencheta, que hace unos días presentaba en el Cervantes ¿Quién es el señor Schmitt?, adapta y dirige en Lehman Trilogy el texto de Stefano Massini sobre el nacimiento, auge y caída del emporio construido por la familia Lehman. La narración, que abarca tres generaciones, comienza con la llegada a Estados Unidos de Henry (Litus Ruiz), primogénito de un comerciante de ganado judío que en 1844 deja atrás su Baviera natal en busca del prometido sueño americano. Le seguirán con el paso de los años sus hermanos Emmanuel (Leo Rivera) y Mayer (Pepe Lorente), que completarán el trío fundacional del negocio. Asistiremos, pues, al constante crecimiento de la empresa, que se sobrepondrá a no pocas adversidades de las que saldrá siempre reforzada —un colosal incendio, la guerra de Secesión, el crack del 29, dos conflictos mundiales— y sumará a su equipo la pujante descendencia que suponen Philip (Víctor Clavijo) y Herbert (Aitor Beltrán). Ya en 1969, el último de los Lehman, Bobby (Darío Paso), muere sin hijos, por lo que la sociedad, a pesar de mantener su denominación original, pasa a manos de húngaros y griegos.

Más allá del innegable tono didáctico que Massini imprime al relato, es Peris-Mencheta el artífice de que la representación alcance prominentes cotas lúdicas. No hay respiro sobre el escenario: los seis actores, deslumbrantes, interpretan a más de un centenar de personajes —masculinos y femeninos— de diversas procedencias; en apenas unos segundos, cogiendo un vestido de aquí y una chaqueta de allá, el pedigüeño se transforma en un destacado intermediario de algodón que, poco después, echará mano de algún instrumento para encarar una melodía. Es uno de los múltiples hallazgos del espectáculo: la música. Son numerosas las canciones que recorren la historia y que son ejecutadas por el propio elenco, conformando, junto al periplo de los diligentes hermanos, un generoso y significativo itinerario musical donde se dan cita géneros primordiales como el blues, el folk, el ragtime, el klezmer o el rock’n’roll. Guitarra, bajo, batería, banjo, piano, acordeón; parece que poco o nada se le resiste al sexteto protagonista. Hasta Dylan y los Beatles, que se marcan un twist, asoman sus pelambreras por allí.

También hay bailes, carcajadas y guiños al público mientras la escenografía, igualmente admirable, es exprimida sin pudor a lo largo de la noche. Son más tres horas sin altibajos, intercaladas con un par de altos en el camino, donde todo funciona. Se trata de un engranaje perfecto, sin paliativos, solo comparable al mecanismo —igualmente impecable— que hace trotar al capitalismo. Una gozada.