Corría el año 1980 cuando Alberto Manzano conoció a Leonard Cohen. Concretamente, el 17 de noviembre. El canadiense presentaba en Barcelona su sexto disco, Recent songs (1979), un trabajo donde volvían a revolotear las guitarras acústicas y los gráciles arreglos tras la mala experiencia que supuso colaborar con Phil Spector en el subestimado Death of a ladies’ man (1977). Manzano acudió al Hotel Colón, se encontró con él y le entregó varios de los libros que había publicado hasta el momento, entre ellos el primer volumen de A mil besos de profundidad, antología que recoge, trasladados a nuestro idioma, canciones y poemas de Cohen aparecidos entre 1956 y 1978. Para sorpresa de Manzano, el poeta le invitó a comer y a la posterior prueba de sonido en el Palacio de Deportes. Al día siguiente, y aún pellizcándose para comprobar que aquello no se trataba del mejor de los sueños, se subió en el autobús de la gira camino de Toulouse. Pocas semanas después celebraban juntos las navidades en la casa que Leonard tenía en la isla griega de Hydra. Con el paso del tiempo, Manzano terminaría convirtiéndose en el traductor de su obra en nuestro país, en su biógrafo, en su amigo.

El escritor, que acaba de editar Leonard Cohen y el zen y tiene ya preparada la traducción del poemario inédito del canadiense, presentó Flamencohen anoche en el Teatro Cervantes dentro de la programación del Festival Terral. Se trata de un espectáculo poético-musical que nace con el propósito de rendir tributo a Cohen y a los diferentes flamencos que lo han versionado a partir de las adaptaciones al castellano realizadas por Manzano: Enrique Morente —con el recordado Omega en un altar—, Mayte Martín, Rocío Segura, Duquende o Pasión Vega, entre otros, son algunos de lo artistas que han interpretado, aquí y allá, el legado del bardo de Montreal. En Flamencohen es ahora la versátil cantaora malagueña Paula Domínguez la encargada de poner voz a un catálogo imbatible. Sobre las tablas le escolta La Banda del Corazón, integrada por Carlos Ródenas (contrabajo y bajo eléctrico), Francisco Guisado ‘Rubio’ (guitarras), Jordi Rallo (tablas y udu), Josema Martín (cajón y batería) y el violinista moldavo Alexandru Bublitchi, que formó parte del grupo que acompañó al propio Cohen hace unos años. Manzano, sentado a la derecha del escenario, observaba a los músicos y ofrecía breves apuntes entre canciones. De esta forma, antes de Chelsea Hotel explicó que la supresión del afamado verso sobre la felación no fue debido a una cuestión de autocensura, sino más bien a la imposibilidad de conseguir la rima adecuada; así, del “givin’ me head on the unmade bed” pasamos a un cuestionable “nunca comías perdices”.

Tardamos, ellos y nosotros, en entrar a la faena, en calentarnos. Ayudaron a desperezar al público las composiciones incluidas en Omega, protagonistas de un repertorio que fluctuó entre un flamenco inofensivo y el rock más acomodaticio. Junto a las esperadas revisiones de Aleluya y Pequeño vals vienés —donde la voz, aquí sí, se impuso—, sonaron Sacerdotes y Oye, esta no es manera de decir adiós, rescatada en la edición conmemorativa del vigésimo aniversario del ya mítico álbum de Morente, aunque sus modales sonoros transiten aquí en paralelo a la versión que encaraba su hija Soleá en Tendrá que haber un camino (2015), su primer disco en solitario; algo similar ocurre con Dama errante (Winter lady), tramo destacable de la noche gracias a una guitarra eléctrica que aguijoneó con nervio y solera. Famous blue raincoat, que Manzano tradujo al alimón con Christina Rosenvinge, y un Dance me to the end of love con el que Cohen solía principiar los directos de sus últimas giras, sirvieron para ir cerrando una actuación con la nítida sombra del cantautor y poeta siempre presente, percepción que probablemente tenga más que ver por nuestra querencia inagotable hacia su figura que por lo presenciado ayer en el Cervantes.

Foto: Daniel Pérez / Teatro Cervantes

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