Rufus T. Firefly, durante su actuación del sábado en la Finca El Portón. Alberto Fernández-Baca / Málaga de Cultura

Son ya muchos años los que Víctor Cabezuelo y Julia Martín-Maestro llevan al frente de Rufus T. Firefly, banda nacida en Aranjuez que ha batallado —aún lo hace— contra viento, marea y la frecuente perversidad de la industria musical con el único objetivo de hacer canciones y subirse a los escenarios para que la gente pueda escuchar y, por lo general, apreciar su trabajo. Ni más ni menos. Y lo están logrando, qué duda cabe. Sin ir más lejos, el pasado sábado consiguieron vender todas las entradas para la actuación que ofrecieron en la Finca El Portón de Alhaurín de la Torre dentro de la programación de Alhautor, ciclo cómodo, bonito y barato que vio la luz en el primer verano pandémico y que alcanza en este 2025 su quinta edición.

Es muy complicado encontrar voces más o menos críticas con Rufus T. Firefly. Es casi tan difícil como toparse con una foto de Irene Vallejo en la que no esté sonriendo a la cámara. Pero es lógico: hacen las cosas bien o muy bien. Son, como dijo Cabezuelo en un momento de la noche, un grupo verdaderamente indie, etiqueta ahora recurrente para bautizar a toda una hornada de bandas caracterizadas por fotocopiarse entre ellas y recurrir a un sonido convenientemente diseñado para meter la cabeza en los múltiples festivales que desde el papel de calco nacen y se reproducen (algunos mueren) aquí, allá y acullá. Pero la definición original del término se ha ido difuminando. Según la RAE, pongámonos serios, el adjetivo independiente o indie se le aplica generalmente al cine y a la música para especificar que una obra, ya sea disco, película o cualquier otro material afín, ha sido producida al margen de los grandes estudios y compañías y distribuida fuera de los circuitos habituales. Punto. Y eso, el mantenerte con tus movidas al otro lado de la carretera, es lo que vienen haciendo Rufus T. Firefly desde hace ya casi dos décadas.

Si uno atiende con cierta atención a la trayectoria del grupo podrá advertir que estamos ante una formación que no termina de ligarse a ningún sonido en concreto: se muestran cambiantes y siempre abiertos a las múltiples posibilidades que ofrece un abanico musical, a estas alturas del siglo XXI, inabarcable. También en su manera de acercarse al público mantienen esa avidez por hallar otro tipo de caminos ajenos a los convencionales. Valga como ejemplo los primeros conciertos de presentación de su octavo disco, Todas las cosas buenas (2025), que se realizaron días antes de su lanzamiento en ubicaciones especiales y con los asistentes escuchando en directo a través de cascos inalámbricos la misma mezcla que les llegaba a los músicos por sus in-ears. Por último, a su carta de méritos hay que sumar unos directos que no bajan del notable y que con cierta frecuencia, como en la actuación que nos ocupa, se internan en el territorio de lo extraordinario. 

Foto: Alberto Fernández-Baca / Málaga de Cultura

El protagonismo de la noche recayó, lógico, en su hasta el momento último trabajo, Todas las cosas buenas, álbum propicio para iniciarse con el grupo si uno aún no le ha hincado el diente a las bondades de su discografía. Su productor, Manuel Cabezalí —que algo sabe del tema—, lo describe como «un disco de grandes éxitos con canciones nuevas» por la variedad de registros y sonoridades que atraviesan sus once cortes (catorce en la edición física). Sonó prácticamente al completo (quedaron fuera Premios de la Música Independiente y Lumbre) pero multiplicando aquí matices y aristas gracias a un sexteto en estado de gracia en donde convergen, junto a Víctor (voz, guitarra, teclados) y Julia (batería), Carlos Campos (guitarra), Juan Feo (percusión), Miguel de Lucas (bajo) y Manola (teclados). Sobre el escenario la propuesta del grupo muta por momentos hacia una electrónica orgánica que, a día de hoy, parece remitir a las excelencias de los australianos Parcels, más concretamente a ese monumental Live Vol.1 (2020) grabado en los estudios Hansa de Berlín. Sería a través de esa senda donde el concierto del pasado sábado alcanzó cotas sobresalientes: el fundido de Trueno azul con Dron sobrevolando Castilla-La Mancha por medio de un interludio bailable, psicodélico y juguetón bien merece sus buenos saltos y varias onomatopeyas de felicidad desbocada. «¡Qué barbaridad!», repetía con entusiasmo mi acompañante pese a que en las barras del recinto la Águila (sin filtrar) se había agotado y sólo podíamos brindar ya con Cruzcampo.  

Lafayette, Polvo de diamantes y Sé dónde van los patos cuando se congela el lago, de aquel El largo mañana (2021) tan influenciado por el soul setentero con el What’s going on de Marvin Gaye siempre en la cima, se ven aquí también empapados en mayor o menor medida por las diversas perspectivas y posibilidades a las que la banda tiende ahora la mano con decisión. También sonó Reverso, pieza compuesta en exclusiva para la exposición Reversos —pudo verse hasta marzo de 2024 en el Museo del Prado— a la que toca atribuir, según nos confesó Cabezuelo, el rumbo actual del grupo. Bendita sea. El temario de la noche se completó con una formidable representación de Magnolia (2017), su disco más importante hasta la fecha, del que rescataron el tema homónimo y, ya para cerrar, Río Wolf y Nebulosa Jade. «¡Qué barbaridad!», insistía ahora yo. 

Foto: Guillermo L.