
El Teatro Cervantes de Málaga vivió el pasado jueves 25 de septiembre de 2025 la primera de las dos representaciones que albergará de Tristán e Isolda (1859) de Richard Wagner (1813-1883), una de las partituras más revolucionarias de la historia de la música académica occidental que celebra el 160 aniversario de su estreno. Así, el domingo 28 también habrá oportunidad de disfrutar de una brillante puesta en escena que superó las cuatro horas y media de duración. Como precedentes wagnerianos y tal y como mencionó Lourdes Jiménez en las notas al programa, en 1902 el público del Cervantes de aquel momento disfrutó de Lohengrin y, más recientemente, de El holandés errante en el año 2000.
Inspirada en una leyenda celta, en la supuesta pasión secreta de Wagner por la escritora y mecenas Mathilde Wesendonck (1828-1902) y en la filosofía de Arthur Schopenhauer (1788-1860), Tristán e Isolda es, al mismo tiempo, mito, reflexión metafísica y avance musical. Su célebre acorde inicial supuso la apertura hacia una nueva estética que anticipaba la disolución de la tonalidad. Además, la trama plantea un viaje hacia lo inalcanzable y hacia la utopía del ideal del amor absoluto que, únicamente, encuentra su plenitud en la muerte.
La producción escénica, firmada por Allex Aguilera, sobria en lo escenográfico pero de gran eficacia narrativa, puso en primer plano la tensión entre música y palabra, deseo y tragedia. De esta forma, planteó cada acto como un universo autónomo dotado de identidad visual y emocional. El empleo de videocreaciones de Arnaud Pottier añadió capas de simbolismo y apoyó la transformación progresiva del drama.

En el foso, el director Pedro Halffter asumió con firmeza la enorme exigencia de esta obra. Su lectura fue detallada, controlada y plena en contrastes al conjugar pasajes sutiles y clímax orquestales que desbordaron magnetismo. Por su parte, una sobresaliente Orquesta Filarmónica de Málaga respondió con un sonido compacto y preciso en las cuerdas, brillante en los metales y flexible en las maderas. Además, el Coro Titular del Teatro Cervantes–Intermezzo, preparado por Santiago Otero, aportó cohesión y densidad a un tejido coral complejo y pleno en dificultades.
En cuanto a los solistas, la también sobresaliente soprano armenia Lianna Haroutounian dio vida a una Isolda de gran intensidad, riqueza tímbrica, expresividad y capacidad dramática. Brilló especialmente en el segundo acto, ya que, además de destacar en solitario, se fundió en perfecta simbiosis con el Tristán del tenor Michael Weinius. El sueco afrontó con solvencia una de las partes más exigentes del repertorio operístico. Su capacidad vocal, unida al control de los matices que evidenció, fueron algunas de las características de una notable ejecución.
La mezzosoprano francesa Clémentine Margaine aportó profundidad, fuerza y dramatismo al papel de Brangäne, mientras que el bajo croata Marko Mimica encarnó un rey Marke de autoridad vocal y contención escénica. El barítono alemán Markus Eiche (Kurwenal) completó un reparto que mostró cohesión, compromiso y solidez.

Es también reseñable que, de forma previa y gracias a la iniciativa Cervantes Lírico, más de 500 estudiantes pudieron acudir y disfrutar del ensayo general del Tristán e Isolda malagueño. De esta manera, se aproximaron de primera mano a un espectáculo de esta magnitud. Este vínculo pedagógico y social refuerza la importancia de la proyección de la música académica a las nuevas generaciones. Al mismo tiempo, subraya su extensión como herramienta de aprendizaje y de comunidad.
En definitiva, se puede considerar como un hito la representación de Tristán e Isolda en el Teatro Cervantes de Málaga en el inicio de la 37ª Temporada Lírica costasoleña. Sin duda, el acontecimiento combinó excelencia artística y compromiso institucional y pedagógico.































