Adolfo Rodríguez y Javier Ojeda, durante el concierto de anoche. Daniel Pérez / Teatro Cervantes

Celebración total la ofrecida ayer en un rebosante y colorido Teatro Cervantes por Javier Ojeda, que se rodeó de un extenso grupo de amigos para presentar su recopilatorio El vaivén de las olas y repasar una carrera que roza a estas alturas las cuatro décadas de actividad. Pero la cosa fue más allá: el espectáculo invocó y homenajeó a una escena local aún sumergida —pese a las apariencias— en la oferta cultural de la ciudad, empeñada en sabotear el cultivo de música en vivo.

Fiel al espíritu del libro Una historia del pop malagueño (1960-2009) que publicó hace unos años, Ojeda, tras el fulgurante inicio que supuso El vaivén de las olas, se remontó al bullicio sonoro de la década de los sesenta en la Costa del Sol hasta llegar a Los Íberos, de los que interpretó la emblemática Summertime girl al alimón con Adolfo Rodríguez, componente de la seminal formación torremolinense. Poco después llegaría la inyección funk de Julia Martín, la aparición del rapero Gordo Master para finiquitar Tiempo de amor —uno de los primeros zarpazos de Danza Invisible—, la formidable lectura de Frío en mi corazón con la participación del guitarrista flamenco Daniel Casares o el dueto con Celia Flores en Soy cobarde, tema incluido en la película 321 días en Michigan que sirvió para evocar Las canciones de Marisol, proyecto capitaneado por el propio Ojeda en 2012.

Transcurridos los primeros compases de la actuación arreciaron los aplausos y vítores cuando Antonio Luis Gil, Manolo Rubio y Chris Navas, componentes de Danza Invisible, fueron ocupando sus posiciones sobre el escenario junto a la actual banda de Ojeda, a la que anoche también se unieron ocasionalmente Suzette Moncrief, Oliver Sierra, David Quintero (El Trío del Saco) o los hermanos Frutos: Maryan, vocalista y compositora de Kuve, y Sean, cantante de Second. Este último se asoció en una de sus dos intervenciones con Miguel Rivera, de Maga, para sacudir al respetable con una nutritiva versión de Sin aliento, canción que reunió por primera vez a Ojeda y Rivera en la inauguración del MaF 2018. De ahí surgiría un proyecto, ya con Frutos metido en el ajo, que debutó hace unos meses en el Echegaray.

Encarando el final, la big band constituida para la ocasión atacó clásicos de Danza Invisible: sonaron El brillo de una canción, No habrá más fiestas para mañana —espléndido aquí y siempre Luis Gil—, Por ahí se va, A este lado de la carretera (que sumó la armónica de Javier Andreu, de La Frontera) o un remozado Sabor de amor que volvió a levantar a los asistentes de sus butacas. Los festejos echaron el cierre pasadas las dos horas de concierto con Ojeda, agradecido y exultante, correteando incansable de arriba abajo al ritmo de El vino se acabó. No hay alternativa: toca descorchar otra botella.