Entrevista a Zenet

Zenet (derecha) y José Taboada tras la entrevista. Carlos Freire

«Decidí abordar estos temas pero sin cantar como lo hacían ellos, sino interpretándolos a mi manera, que es la única forma en la que puedo aportar algo»


Extraordinaria labor de rastreo y documentación la realizada por Antonio Mellado Escalona, Zenet (Málaga, 1967), para dar forma a La guapería, disco editado el pasado 1 de marzo bajo el sello El Volcán Música en donde el músico —y también actor— revisa boleros inmortales interpretados en su día por Bola de Nieve, Olga Guillot, Nelson Pinedo o Marta Valdés. A través del vasto catálogo de Gladys Palmera, el cantante se sumergió en las profundidades del género, cuya primera grabación data de 1907, para volver a la superficie con una selección de 1.500 piezas. De ahí, y tras un proceso extenso y puntilloso de ‘arqueosofía musical’, emergieron las canciones que integran un álbum que nace con «la osadía y el deseo de romper moldes y estereotipos pero sin desdeñar lo mágico y perdurable de la tradición».

La grabación tuvo lugar en los madrileños Infinity Estudios junto a músicos como José Taboada (guitarra), Manuel Machado (arreglos de cuerda y metales), Moises Porro (batería y percusión), Pepe Rivero (piano), Yelsy Heredia (contrabajo), Michael Olivera (batería), Raúl Márquez (piano), Sergio Bienzobas (saxo), Dayan Abad (guitarras), Blanca García Nieto (chelo), Ove Larsson (trombón) o José Rivero (saxo). Las inspiradas décimas del poeta cubano Alexis Díaz Pimienta acotan un disco que Zenet y su banda presentarán en el Teatro Cervantes de nuestra ciudad el viernes 28 de junio dentro de la programación del festival veraniego Terral.

¿Piensas en algún objetivo concreto al grabar este disco?

Los objetivos van cambiando. Con La guapería lo que pretendo es aportar algo a la música desde un punto de vista académico. Este disco tiene mucho de estudio del género. Yo no era un especialista en boleros, en eso mucha gente se confunde. La verdad es que no he escuchado boleros en mi vida; he hecho siempre lo que me ha dado la gana. Lo que pasa es que este es un género importante. Primero empecé con la intención de jugar, y después me di cuenta de que igual me había metido en un berenjenal muy grande. Nunca he querido hacer versiones, pero me apetecía cantar canciones de Bola de Nieve o Marta Valdés. Cuando las escucho me causan envidia sana. Empecé a pensar que lo de interpretar masterpieces, piezas maestras, sí que es verdad que mola mucho porque te pone el listón muy alto. Hacer una masterpiece equivale a enriquecerte. Desde ese punto de vista, y con humildad, decidí abordar estos temas pero sin cantar como lo hacían ellos, sino interpretándolos a mi manera, que es la única forma en la que puedo aportar algo. A partir de ahí se trataba de respetar la cátedra, ver cómo sonaban esas canciones en los años 40 —con arreglos basados en secciones de metales y cuerdas— y luego llevarlas a mi terreno. Por ejemplo, en uno de los temas hay una introducción libre con una trompeta jazzística que recuerda a Miles Davis, y en el primer single, Borrasca, suena una guitarra eléctrica con slide a lo Ry Cooder.

Entonces no escuchabas música cubana y boleros desde pequeño.

Para nada. Yo me acerco a esta música porque me interesa, ya que melódicamente es la leche. Yo soy muy de melodías. En los Beatles soy más de Paul McCartney, que es el que las inventa. Uno de los ejercicios que hago es coger un manual de instrucciones de una lavadora y sacar melodías con eso. Es un entrenamiento de la leche. Tuve mi época punk y mi época roquera. Siempre me han gustado muchos los grandes géneros, pero los he observado desde lejos. Me he criado en esta tierra escuchando flamenco en bodas, bautizos y cumpleaños, pero nunca lo he cantado. Le tengo un respeto grandísimo. Lo entiendo, lo conozco, lo vivo, lo respiro y lo lloro, pero no lo canto. A mí me atraía muchísimo desde jovencito Chavela Vargas, por ejemplo, que se escuchaba en mi casa junto a los Beatles, Ry Cooder, Genesis o Pink Floyd. Me tiraba más lo anglosajón. Empecé cantando blues con Tabletom, cuando me dejaban que subiera al escenario con ellos.

Has recurrido al catálogo de Gladys Palmera para seleccionar el material del disco.

Sí, es un catálogo que cuenta con 100.000 canciones. De ahí me quedé con 1.500, y de esa selección tuve que ir quitando hasta quedarme con cien y después con diez. Tenía distintas playlist que me habían pasado Manuel Machado y Pepe Rivero y que contenían música que ellos escuchaban de pequeños. Comparaba esas playlist con la colección de Gladys Palmera. Llegaba allí y les decía lo que Pepe Rivero me había comentado. Pero cuando pedía un dato me salían diez más. Las cien mil piezas están metidas en unos armarios enormes, en una especie de búnker, y un tipo con unos guantes blancos va sacando el disco del país y la década que tú le pidas. Claro, ante esa inmensidad no sabía ni por dónde empezar, así que decidí hacerlo por décadas: primero del año 30 al 40. Mientras, anotaba cosas en mi libreta a la vez que consultaba la enciclopedia, donde leí que el primer bolero se editó en 1907.

Luego, una vez hecha la primera selección, hice otra atendiendo a la sonoridad y a la letra. Ahí me di cuenta de que las letras cambiaban hacia los años 40 y 50, quizá por la influencia de la literatura de la época; se va dejando atrás el amor cortés, la ñoñería y cursilería propios de los boleros de los años 30 para dar paso a un existencialismo bestial, salvaje y brutal. Es algo que se nota perfectamente. Al mismo tiempo está ocurriendo algo muy interesante, y es que las orquestas de jazz de Estados Unidos influyen en las orquestas de La Habana. Se produce entonces una mezcla musical donde esos arreglos, que eran demasiado cubanos en los años 30 y 40, empiezan a tener ese punto anglosajón de las big bands americanas. Esa sonoridad es la que yo quería reproducir. Abarco hasta la década de los 60.

Hay quien piensa que hacer un disco de versiones es tirar por el camino fácil, pero parece que este no es el caso.

Claro, he hecho todo lo contrario: lo más difícil. Tenía que empaparme de este mundo. Ahora si me hablan de este género, de estos artistas y canciones, sé de que me están hablando y quién es quién en cada palo. Pero tampoco quiero que ahora me encasillen como un cantante de boleros. Seguramente en el siguiente disco me ponga a hacer copla o rock’n’roll, ¿por qué no?

Tras la fase de investigación, llega la grabación.

El proceso de grabación ha consistido en ensamblar las distintas secciones. Primero venía Machado con los arreglos, digamos, de la parte obligada, que podían ser las introducciones o las partes centrales de la canción. Una vez que teníamos esas partituras, fui repartiendo responsabilidades entre los músicos. A Machado le di bastante responsabilidad con los arreglos de metales, y a Raúl Márquez con el violín. La base rítmica iba por otro lado, así que empezamos a hacer ensayos donde uníamos las dos partes. Una vez ensambladas fuimos al estudio Infinity de los hermanos Baselga. Les dije que me iba a volver loco, que no sabía si todo aquello iba a llegar a alguna parte. Pero me dijeron que me pasara por allí a finalizar lo que hiciera falta, cosa que siempre he hecho: terminar los discos en el estudio.

He leído que el término cubano guapería es «una constante importantísima para dejar bien claro que quien canta es el mejor entre todos los que le rodean». ¿Es esa la acepción del término que define este disco?

Los cubanos te dicen que hay dos guaperías. Una es la acepción del guapo malevo, el malevo argentino, el chuloputas con la cara cortada con el que tienes que tener cuidado. Y luego hay otra guapería que tiene que ver más con el chulapo madrileño. Es el tipo que lleva su rosa o su clavel y que le lanza un piropo a una mujer que no puede quejarse de que sea machista porque el piropo está tan bien hecho y es tan políticamente correcto que solo puede sonreír. Es el tipo que no sabe si va a llegar a fin de mes, pero que gasta mucho en su vestuario y en su apariencia porque tiene una dignidad interna. La guapería es el tipo que va vestido de blanco de arriba abajo, cruza una calle llena de charcos y no le salpica ni una gota. La definición que tú dices viene por un pique que tuvieron Rolando Laserie, cantante cubano también conocido por El Guapo, y Benny Moré.

Las décimas del poeta cubano Alexis Díaz Pimienta nos introduce en el universo de La guapería.

Alexis es catedrático de repentismo cubano, que se basa en la improvisación y en la décima espinela, que es un invento del malagueño Vicente Espinel [se trata de una estrofa constituida por diez versos octosílabos]. Tú le das cuatro datos y el tipo te improvisa tres o cuatro décimas que va rimando. Entré en un grupo que se llama Locos de la décima, donde están El Kanka, el ‘Chipi’ de La Canalla o Jorge Drexler. He aprendido con ellos, aunque no tengo su soltura. Alexis es el que manda ahí y al que trinqué por banda, me lo llevé al estudio, le dimos cuatro datos y de ahí sacó las improvisaciones de las décimas que aparecen en el disco. Le pusimos un fondo de percusión, que lo hace Moises Porro, y así se quedó.

¿Cómo tienes pensado llevar la propuesta al directo?

Por un lado está La Gran Guapería, que es la banda completa, y por otro La Pequeña Guapería, que es un quinteto. Por debajo de eso el concepto cambia para ofrecer las canciones desnudas. No es para llegar al alma, es más arriesgado todavía. También pensamos en el contexto, en si el concierto es en un teatro o no.

En otoño se estrena la serie Hache, de Netflix, protagonizada por Javier Rey y Adriana Ugarte en donde interpretas al pianista de un club. ¿Qué tal la experiencia?

Estaba esperando a que me llegara un papel con gracia, y este la tiene. Es un tipo que toca el piano y canta en un local de Barcelona en el año 50 y pico regentado por la mafia. Javier Rey es el jefe mafioso. La acción transcurre al término de la década de los 50, cuando va llegando poco a poco lo yeyé; de hecho, hay una banda que toca música de ese estilo en el club. Mi personaje es alguien romántico y heroinómano; por eso está pegado a la mafia, que es la que le surte para sobrevivir. Pero su adicción no está tratada de forma explícita, sino por guion; se sabe por las pistas que vamos descubriendo, pero no es explícito, cosa que a mí me parece elegante. Cuando él canta se crea un silencio que se puede cortar. Enamora tanto a una chavala joven, la hija de un juez, que él siente cierta culpa y tiene que decirle que no es el hombre de su vida. Lo he disfrutado mucho. Además, he podido colar una de mis canciones en la serie.

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