Entre 1930 y 1950 se estableció en la Unión Soviética un régimen totalitario que afectó indefectiblemente al proceso artístico del país. El realismo socialista, tendencia oficial del Estado rubricada con la firma del decreto de reconstrucción de las organizaciones literarias y artísticas en 1932, nace con el propósito de alterar, a través de una amplia maquinaria propagandística, la ideología y educación de los trabajadores en favor del socialismo. Hasta entonces el desarrollo estilístico del arte soviético, que abarcaba desde lo arcaico al constructivismo, marchaba a pasos notables; la vanguardia y la revolución iban de la mano. Sin embargo, con el ascenso al poder de Stalin el Partido Comunista rechazaría el progreso, encarnado en formas surrealistas, dadaístas o cubistas, para instaurar un lenguaje oficial asentado en el realismo. El éxito de retratistas como Alexander Gerasimov o Vasily Efanov favorecerán la creación y el mantenimiento del culto a las figuras de Lenin, Stalin y otros líderes soviéticos. También las obras dedicadas a la producción reforzarán un ideario centrado en la colectividad: la industrialización, la construcción y la agricultura, así como los desfiles, las maniobras militares y las ceremonias deportivas, ocuparán un lugar prominente en el complejo temático que impone el sistema. El Museo Ruso reúne ahora en la exposición Radiante porvenir, que podrá visitarse hasta el 21 de enero de 2019, un total de 132 piezas representativas de dicho periodo, entre las que encontramos pinturas, esculturas y mobiliario de una corriente en la que hallamos, en palabras de la comisaria Evgenia Petrova, una mayor diversidad de lo que comúnmente se piensa.

La renovada oferta expositiva del centro se completa con dos nuevas muestras temporales. La mirada viajera. Artistas rusos alrededor del mundo repasa la visión de creadores que, forasteros en tierras extranjeras, escapaban de una inflexible disciplina académica a la que estuvieron sometidos hasta el siglo XVIII. Los periplos de artistas como Piotr Konchalovski, Alexander Ivánov o Kliment Redko, repartidos en 105 obras, arriban a Egipto, Estados Unidos, Suiza, Mongolia, Japón, España o Italia, país del que cabe destacar un colorido y meticuloso Carnaval en Roma representado por Aleksandr Myasoedov en 1839. Por otra parte, el espacio reservado a Mikhail Schwartzman ofrece trece hieraturas —vocablo ingeniado por él mismo para diferenciar sus estructuras compositivas de los patrones ortodoxos— que revelan su querencia por la experiencia místico-religiosa de la humanidad basada en las manifestaciones pictóricas de la Biblia y en los sustanciales trabajos de Kazimir Malévich y Pável Filónov. Arte inconformista, desarrollado al margen de los circuitos oficiales entre 1960 y 1970, que permanecerá en el edificio de la antigua Tabacalera hasta finales del próximo mes de agosto.

Galería de imágenes | Fotos: Francisco J. Fernández

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