El próximo 16 de febrero se celebrarán los 61 años de programación ininterrumpida de La cantante calva en el Théâtre de la Huchette de París, aunque la obra del rumano Eugène Ionesco se estrenó antes, concretamente el 11 de mayo de 1950 en el también parisino Théâtre des Noctambulesen. Desde entonces es complicado, prácticamente imposible, acercarse al texto ignorando la enorme etiqueta que cuelga de alguna de sus páginas y en la que podemos leer, con tinta irreductible, ‘teatro del absurdo’. Aun así, no son pocos los que se sienten decepcionados tras los primeros compases y completamente desesperados antes del pitido final, al que llegan arrastrándose y pidiendo la hora. Podría estar justificado el enfado si uno es alérgico a las sinopsis —por precaución, ya que algunas desvelan hasta el epílogo— pero repara en un reparto inmediatamente reconocible y televisivo —y espléndido en sus labores pese a algunos descoques— como es el propuesto por Luis Luque: Adriana Ozores, Javier Pereira, Helena Lanza, Fernando Tejero, Carmen Ruiz y Joaquín Climent campan a sus anchas en un montaje que cuenta con traducción de Natalia Menéndez y está producido por el Teatro Español junto a Pentación Espectáculos.

Qué decir de una obra que huye de la comprensión con amargura pero que, en el mismo movimiento, abraza el humor como las personas, en mayor o menor medida, nos aferramos a la vida. ¿Una crítica a las clases acomodadas? Probablemente el sopapo sea para todos, los de arriba y los de abajo, que de tanto hablar desatendemos el escuchar. La cantante calva, ausente de la función al igual que los chascarrillos y matrimoniadas por muchos esperados, ha ido pariendo, con el tiempo, hijos más o menos cercanos, algunos plenamente bastardos. Parece evidente, aunque aquí qué lo es, que Buñuel, amigo de Ionesco —y ambos compañeros de correrías de André Breton o Arthur Adamov— tomó buena nota de ella para configurar Viridiana, El ángel exterminador o la explícita El discreto encanto de la burguesía. A la cuerda lanzada por Ionesco podríamos enganchar igualmente, por apetencia y también para que se hagan una idea del cuento, a los Monty Python, a la tropa de Muchachada Nui o a memorables escenas del denostado Louis C.K. en Horace and Pete y del generoso regreso de David Lynch a Twin Peaks; en todas ellas encontramos absurdidad acompañada, dependiendo de las circunstancias, de costumbrismo, de misterio, de una ración extra de sinsentido o de un precario pero siempre aplaudido análisis económico y social.

Tal vez en esta visión de La cantante calva dibujada por Luque y Menéndez el plato ofrecido demande un plus de mugre, pero una vez dentro del juego, inexistente para muchos —como la mismísima cantante, insistimos, de ahí el sobresalto de luces y sonido cuando se pregunta por ella sobre el escenario: se confirma así la estocada final para los que aguardaban pan y circo—, llegamos a su conclusión revolucionados, divertidos y hasta satisfechos. Ionesco firmó un incómodo disparate que se vuelve hacia el patio de butacas para preguntar que qué. Y eso, leñe, ayer en el Cervantes se consiguió.

Foto: Javier Naval.

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