
El ciclo S!ngulares del Teatro Cervantes de Málaga nació con la vocación de poner en valor y acercar al público malagueño a propuestas musicales diversas, personales y, en ocasiones, arriesgadas. La edición de 2025 ha reunido una programación ecléctica, mayoría femenina incluida, en la que han convivido los directos de Miguel Campello (miércoles 1 de octubre), María Terremoto (jueves 2), María Peláe (viernes 3), Bebe (sábado 4 de octubre) y Sílvia Pérez Cruz (domingo 5 de octubre). Sin duda, la cantante y compositora catalana sobresalió en todo momento en la sala de la capital de la Costa del Sol gracias a un recital íntimo, emocionante, emocional y cuidado al milímetro que conectó géneros, tradiciones, emociones, estímulos, reflejos y referencias y bordeó las dos horas de duración.
Nacida en Palafrugell en 1983, Sílvia Pérez Cruz se formó en canto y piano, y más tarde en jazz y flamenco en la ESMUC (Escola Superior de Música de Catalunya). Su carrera comenzó en formaciones como Las Migas, con las que exploró el flamenco desde una óptica renovadora. En solitario ha firmado discos fundamentales como 11 de novembre (2012), Granada, junto a Raül Refree (2014), Vestida de nit (2017), Farsa (género imposible) (2020) y Toda la vida, un día (2023). En estos trabajos ha transitado de forma personal y con estilo propio por géneros como la canción de autor, el fado, la copla, el jazz o la música popular iberoamericana.
Sílvia posee una voz flexible, de técnica y legato marcado, un vibrato muy personal y un control del aire muy subrayado. También muestra un gran dominio de los matices, ya que transita con naturalidad por instantes de gran sutileza y otros donde la pasión y la intensidad dominan y desbordan. Además, camina entre géneros y estilos con sinceridad, emoción y sin perder personalidad ni autenticidad.

Con un excelente sonido de Juan Casanova y una muy cuidada iluminación de Alex Moreno que envolvió a cada tema y le otorgó personalidad propia, la catalana arrancó sola su concierto en el Cervantes con Estrella, de Enrique Morente, subrayando el verso que ruega por un mundo “sin fusiles ni venenos” (hizo posteriormente referencia al genocidio de Palestina). Apareció a continuación su trío acompañante en escena. Lo integraron unos excelentes Carlos Monfort (violín), Bori Albero (contrabajo) y Marta Roma (violonchelo).
Ubicados dentro de un círculo, Sílvia combinó voz y guitarra con instantes solistas. Efectuó un recorrido por diferentes canciones en castellano y catalán extraídas de su discografía, que continuó Pastores, sobre un poema de Vito Apüshana. También incluyó un buen número de versiones, adaptaciones y referencias a muy distintos poetas, músicos y temas.
Ell nol vol y la subrayada La flor dieron paso a la bellísima Mechita, del peruano Manuel Raygada Ballesteros, entre marcados pizzicatos del violín. Tras la reflexiva y emocional Iglesias fue turno de la siempre mágica Pequeño vals vienés que Leonard Cohen compuso sobre el poema de Federico García Lorca y Enrique Morente grabó tiempo después en su mítico Omega. Pérez Cruz, sola en el escenario bajo un cono de luz, la trasladó a otra dimensión.
Regresó a escena el trío de cuerdas para dejar espacio a la improvisación y a diferentes reflejos, poéticas, timbres y texturas en Pena salada, El poeta, Aterrados y Tots el finals del món. Por su parte, el público malagueño, que había evidenciado una notable motivación por este recital colgando el cartel de “localidades agotadas”, había entrado en simbiosis tiempo atrás con la propuesta musical de Pérez Cruz, sus músicos y equipo.

Bromeó después la cantante, compositora y guitarrista por haberse saltado una canción del listado de temas que habían previsto y haber adelantado otras. Como mencionó entre sonrisas, quizá el subconsciente le hizo variar el orden para pausar un tanto la intensidad y la profundidad que había alcanzado la puesta en escena. Nombrar es imposible, en la que solicitó y logró la colaboración del público en forma de canto y silbidos, y Gallo rojo, de Chicho Sánchez Ferlosio, pusieron el primer punto final a la velada. Como respuesta, ovación atronadora, puesta en pie y compás. El primer bis fue un a flor de piel Cucurrucucú paloma, del mexicano Tomás Méndez. La despedida no fue definitiva, ya que, tras la segunda despedida, el público del Cervantes amplió si cabe la ovación y logró un nuevo premio no previsto a priori, Mañana.
En definitiva, la actuación de Sílvia Pérez Cruz en el ciclo S!ngulares 2025 confirmó por qué es considerada una de las voces más relevantes y emocionantes de nuestro tiempo. Sin duda, es una artista que no entiende de etiquetas ni fronteras, dotada de una gran voz, musicalidad y capacidad de comunicación, y que convierte cada concierto en una experiencia irrepetible y mágica. Supo también acompañarse y dejó que brillaran tanto su fantástico trío de cuerdas como luces y sonido, poesía, voz, emoción y verdad.































