
La madrileña sala Caracol echó el cierre el pasado año después de tres décadas de actividad en el número 18 de la calle Bernardino Obregón debido a un desahucio judicial por la falta de acuerdo entre los gestores y el propietario del local. Esa es la noticia triste del asunto, pero la grata es que hace unas semanas volvía a abrir sus puertas bajo la denominación de Villanos «con la intención de convertirse en el nuevo epicentro de la vida cultural y musical de Madrid». Detrás de su reapertura —y del notable lavado de cara— están los organizadores del festival Villanos del Jazz, que este año ha celebrado su tercera edición durante los meses de octubre y noviembre con una amplia y nutritiva programación repartida entre el Teatro Pavón y la propia sala Villanos. Pero hay vida en el renovado recinto de Embajadores más allá del ciclo jazzístico, claro: el local acoge semanalmente sesiones de clubbing y actuaciones de diverso pelaje como la de Nikki Hill, que el pasado martes recalaba en la capital con su nueva gira por nuestro país tras dejar atrás Zaragoza, Santiago de Compostela y Piloña. En los próximos días, y siempre de la mano de Riff Producciones, la estadounidense hará parada en Sevilla, Valencia y Vitoria, donde cerrará el tour el 2 de diciembre.
Hill y su banda descargaron sobre el escenario de la sala Villanos un extraordinario —y habitual— arsenal sonoro que sigue fascinando a aquellos primerizos, asiduos y despistados que se acercan a ver y escuchar sus comparecencias en vivo. En su repertorio caben las esperadas dosis de rhythm and blues, soul y góspel con los que creció, pero el saldo final a día de hoy arroja una apreciable inclinación hacia sonoridades más afines al rock puro y duro. No andaba muy desencaminada aquella definición que hizo de ella la revista Rolling Stone en donde se nos invitaba a cerrar los ojos e imaginarnos, agárrense, a Tina Turner al frente de AC/DC. La de Durham, que se acerca a un vaso grandote de tequila cuando la ocasión lo permite («¡me encanta!», nos informa en algún momento de la noche), centra la mayoría de las miradas del respetable, obvio, pero también acumulan atenciones, aplausos y merecidos cumplidos los integrantes del cuarteto que le acompaña sobre las tablas: la guitarra de su marido Matt se crece con el transcurrir de los minutos hasta terminar desbocada mientras Nick Gaitan (bajo) y Marty Dodson (batería) proporcionan una base rítmica de primer orden ahí atrás. Laura Chavez, nominada en varias ocasiones como mejor guitarrista en los Blues Music Awards, completa el lienzo con precisas pinceladas y solos que encienden y sacuden los ánimos del personal.
El último trabajo de Hill hasta la fecha, Feline roots, se publicó en 2018, pero está previsto que en los próximos meses llegue un cuarto disco del que ayer adelantaron algunas canciones y que, parece ser, servirán para ampliar el ya de por sí extenso abanico de ritmos e influencias que aúna su propuesta, tendiendo en esta ocasión pasarelas hacia un pop de melodías y estribillos bien reconocibles. Veremos. En cualquier caso, toca seguir gozando con la lección magistral de música de raíces (felinas) que Nikki y sus compinches ofrecen ahí arriba en cada uno de sus impetuosos conciertos. Cantan, tocan, bailan y beben: no se los pierdan.






























