Eva Amaral, en un momento de la actuación. Alberto Fernández-Baca

No son pocos los músicos que, a la pregunta más o menos recurrente de cuáles son los ingredientes a mezclar para el correcto funcionamiento de una canción, responden sin pensar que tanto letra como melodía deben poder sostenerse sin muletas: se bastan únicamente con voz y guitarra. A pelo. Parece ser que así son las piezas que perduran en el tiempo; la ballena blanca que persiguen ciento y la madre de artistas. Algo saben de todo ello Eva Amaral y Juan Aguirre tras ochos discos publicados desde que comenzaran su andadura conjunta en 1998. La gira de presentación del último de ellos, Salto al color, editado en septiembre del pasado año, se vio interrumpida hace unos meses por el dichoso coronavirus: las actuaciones previstas se retomarán cuando la situación lo permita. Mientras tanto, el dúo se ha embarcado durante el verano en un tour de corte acústico sin banda, en espacios al aire libre y con aforos reducidos que aterrizaba ayer en el Castillo Sohail dentro de la programación del Marenostrum Fuengirola.

Nada de mirar atrás de forma insistente: aunque sonaron muchos de los temas que tarareamos casi sin querer, el protagonismo del concierto recayó sobre las canciones de Salto al color, que una vez despojadas de las frescas y diversas tonalidades que ofrecen en el álbum se (re)convierten en boyantes fuentes de hallazgos. Armados con un buen puñado de guitarras y secundados de forma puntual por leves efectos lanzados desde la mesa de sonido, Eva y Juan, Juan y Eva, dieron nuevo lustre a Señales (con la que abrieron), Bien alta la mirada, Peces de colores, Nuestro tiempo o Soledad, que adereza con innegables tintes flamencos el homenaje a todas aquellas mujeres que libraron pequeñas y grandes batallas contra los convencionalismos y las tradiciones que las cercaban.

Desnudas se presentaron también Tardes, que arrimó en espléndido contraste la voz de Aguirre al monumental recital de Eva, y la etérea Ondas do mar de Vigo, cantiga del siglo XIII compuesta por el trovador gallego Martín Codax erigida anoche entre las sonoridades de un sintetizador que, lástima, quedó arrinconado y en penumbra el resto de la velada. Pero la algazara alcanzó su mayúsculo esplendor, claro, con las estrofas y estribillos de El universo sobre mí, Cómo hablar, Hacia lo salvaje (evocando en su final el A galopar de Paco Ibáñez), Revolución, Moriría por vos, Sin ti no soy nada o Salir corriendo, incontestable ristra de himnos —hay que echar mano de términos rimbombantes cuando la ocasión lo merece— que terminaron por impregnar la noche de una emoción que ninguna mascarilla pudo ni podrá disimular.