Juan Echanove presentó en rueda de prensa la versión libre de Los sueños escrita por José Luis Collado y dirigida por Gerardo Vera que se pudo ver ayer en el Cervantes y que contará hoy con un segundo pase, a partir de las 20:00 horas, dentro de la programación del 35 Festival de Teatro. Sobre el escenario le acompañan Beatriz Argüello, Ángel Burgos, Críspulo Cabezas, Markos Marín, Antonia Paso, Marta Ribera, Chema Ruiz, Eugenio Villota y Abel Vitón, dentro de una coproducción que incluye a la Compañía Nacional de Teatro Clásico, La Llave Maestra y Traspasos Kultur. “Los sueños“, comenzó el actor madrileño, “es una de las primeras obras de Quevedo, que nunca escribió teatro a pesar de lo gran aficionado que era a las corralas de Madrid, a Lope de Vega y a Calderón de la Barca”. Considerado como un “autor imposible”, Quevedo “consiguió la hazaña más difícil: ser el escritor del que más se hablaba pero al que menos se leía”.

Fue en mayo de 2016, mientras el intérprete finiquitaba las representaciones de Los hermanos Karamázov, cuando surgió la idea de la adaptación. Es ahí cuando Gerardo Vera “decide que hay que acometer un Quevedo”. Se elige La vida del Buscón, pero, poco antes de una reunión con Helena Pimenta, directora de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, deciden no hacerlo. Tras pensar en Mcbeth, finalmente se decantan por Los sueños ya que se desarrolla “en unos tiempos donde había podredumbre y descomposición en el imperio, es el Barroco en su momento más decadente, con la Iglesia, el Estado y el latrocinio de por medio; exactamente igual que en la actualidad”. Para llevar a buen puerto un proyecto en el que “hay que dormir poco y currar mucho” surge la alianza entre Traspasos Kultur y La Llave Maestra.

El montaje se articula alrededor de “tres autovías”. La primera transcurre por un “infierno blanco y frío en donde Quevedo acusa y sitúa los comportamientos que provoca la decadencia del Barroco, utilizando para ello la ironía, la acidez y la mala uva que tan sabiamente sabía manejar. Es en ese averno helado por donde circulan la envidia, el hambre, la muerte, el poder, el clero, el demonio, el pecado, Dios”. El segundo camino, centrado en la historia y deterioro del Barroco, sugiere en el actor la siguiente pregunta: “¿Fue Quevedo un autor visionario que intuye que tres siglos después la sociedad será decadente, corrupta, incomprensible y fraccionada o, por el contrario, somos nosotros los que, a pasos agigantados, retrocedemos a posiciones del Barroco?”. Echanove, que prefiere “la claridad de la verdad”, no duda: “Creo que somos nosotros los que retrocedemos, y me preocupa que no sepamos romper esa tendencia y elegir un camino hacia arriba, hacia la progresión”.

La tercera autovía por la que transita la adaptación tiene que ver con la biografía del propio personaje. “En esta función”, continúa, “nos encontramos con alguien que se está muriendo en el minuto uno y se muere en el ciento veinte. Quevedo era un hombre aquejado por el dolor físico desde que nace; tiene malformaciones en las piernas, en las caderas, es cojitranco. Érase un hombre a un dolor pegado”. La vida “disoluta, salvaje, voluptuosa, excesiva y facinerosa que llevó” comenzaría a extinguirse tras su ingreso en el Convento de San Marcos, en León, donde pasaría cuatro años encerrado sin poder leer ni escribir. “Todo ello le sumerge en un profundo dolor y soledad que se rompe cuando el rey le deja en libertad provisional. Primero le envía a Madrid y, viendo que ya no podía con su alma, le mandan a morir a Villanueva de los Infantes”. Es allí, en su casa solariega, donde Quevedo relee sus Sueños “y viaja al infierno, de donde no podrá salir ya nunca”.

Asegura Echanove que en la obra se emplea hasta que no le queda “ni un gramo de fuerza física ni emotiva: me tengo que morir con mi personaje. De hecho, siento una gran liberación al final”. En la Sala Rossini del Cervantes —”para mí es el teatro azul”, apuntó—, el actor afirmó que su papel como Quevedo “es un personaje que no creo que vuelva a interpretar: todo lo que podía hacer con él ya lo he hecho. A día de hoy pienso que es mi mejor trabajo en el teatro”. Y es ahora, a sus 56 años y tras casi cuarenta subido a los escenarios, cuando cree “entender cómo se hace ésto. Tengo la sensación de que ahora empiezo a trabajar bien”.

Foto: Francisco J. Fernández.

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