Pablo López y su banda, en un momento del concierto de anoche en Málaga. Carlos Díaz / Teatro Cervantes

El Teatro Cervantes de Málaga recibió, doce años después de su última actuación, a Pablo López (1984) el sábado 28 y el domingo 29 de marzo de 2026 con dos llenos absolutos y entradas agotadas tiempo atrás. El de Fuengirola regresó a la capital de la Costa del Sol para realizar una parada en El niño del espacio en concierto 2026, una gira con la que anticipa su próximo trabajo discográfico. En ella y como pudimos disfrutar, propone un espectáculo marcado por la proximidad, la intensidad interpretativa y emocional y una relación muy directa con el público. La propuesta se construye de forma cuidadosa en torno al piano, la palabra, un sonido nítido y muy cuidado, proyecciones diversas, iluminación envolvente y un excelente quinteto acompañante que, como pudimos comprobar, amplió el espectro sonoro y la llegada del malagueño.  

Pablo López, formado en la música desde muy joven y con una sólida base pianística, se acercó al gran público tras su participación en Operación Triunfo (2008). A continuación, y, por fortuna, inició una trayectoria marcada por la composición e interpretación de sus propias canciones. Su discografía, ligada a Universal –Once historias y un piano (2013), El mundo y los amantes inocentes (2015), Camino, fuego y libertad (2017) y Unikornio. Once millones de versos después de ti (2020)-, le ha consolidado como uno de los artistas españoles con mayor repercusión en el ámbito del pop y la canción de autor, entendidos ambos de una manera muy amplia. Como hemos mencionado, en próximas fechas presentará El niño del espacio (2026). 

En un Cervantes motivado y en plena ebullición, el concierto comenzó con López en solitario, piano y voz. Afable, cercano y emocionado, pidió a los asistentes que le solicitaran en el instante alguna canción. La elegida fue El gato, que asumió sin amplificación. A continuación, presentó El niño del espacio, canción homónima del proyecto que, como indicamos, funciona como punto de partida conceptual de la gira. Continuó con La niña de la linterna, ya con toda la banda en escena (Matías Eisenstaedt, bajo; José Miguel Martínez, batería y cajón; Tomás Novati, guitarra; Santiago Novoa, trombón; Jessica Estévez trompeta y fliscorno).

Foto: Carlos Díaz / Teatro Cervantes

Desde el inicio quedó claro el enfoque del espectáculo: un equilibrio entre una introspección casi confesional en algunos momentos y una energía colectiva, entre el piano solista y el color instrumental y estilístico de su conjunto y entre referencias y citas a Isabel Pantoja, Queen o Silvio Rodríguez, entre muchos otros. El primer bloque del programa mantuvo un tono ascendente gracias a Me voy a escapar, Lo saben mis zapatos y La libertad. En ellas se evidenció el estilo compositivo e interpretativo de Pablo López: melodías muy reconocibles, estribillos expansivos, letras poéticas muy cuidadas y un fuerte protagonismo del piano. Además, encontró un apoyo de gran relevancia y profundidad en el aporte rítmico y el color que aportaron sus acompañantes. 

La sección central del recital incluyó Te espero aquí y Esdrújula. En ellas, el malagueño volvió a demostrar su capacidad para combinar intensidad emocional y cercanía escénica. Especialmente celebrado fue el tríptico formado por Quasi, VI y Tu enemigo, temas que evidenciaron la habilidad del malagueño para articular estructuras populares de gran impacto emocional sin renunciar a la escritura musical e interpretativa personal que le ha caracterizado. 

Uno de los momentos más emotivos de la noche llegó con el bloque acústico. En su inicio y a pie de escenario, la propuesta se redujo a la guitarra y la voz, aunque también se contó con la aportación de sus compañeros. En este formato más íntimo sonaron Klpso, Mama no y El abrazo más grande de todos, instante en el de Fuengirola mostró su perfil más introspectivo y generó una conexión especialmente intensa con el público malagueño.

Foto: Carlos Díaz / Teatro Cervantes

La recta final del concierto recuperó la energía colectiva gracias El mundo y El patio, dos de las canciones más emblemáticas de su repertorio. Acabó por rendir a un Cervantes entregado de principio a fin que se puso en pie en numerosas canciones, le ovacionó con insistencia y coreó su nombre. El cierre llegó con Suplicando, iluminación explosiva y final apoteósico incluido.

En definitiva, Pablo López, profeta en su tierra, evidenció su dominio del escenario desde el piano. Articuló un discurso musical que osciló entre el intimismo, la expansión y el diálogo cercano y divertido con el público. Sin duda, El niño del espacio fuengiloreño conquistó, convenció y despegó en su Cervantes. Ojalá no pasen otros doce años para volver a disfrutarle en casa.