
No es baladí el hecho de que Málaga, y más concretamente el Teatro del Soho Caixabank de Antonio Banderas, hayan sido la ciudad y el espacio elegido para celebrar el estreno de una nueva propuesta de teatro musical, Goya, la melodía de una leyenda. La propuesta de Tom Vega (música) e Ignasi Vidal (textos), dirigida por Juan José Alfonso y bajo la producción de la compañía Showprime, levantó el telón por primera vez el jueves 12, viernes 13 y sábado 14 de febrero de 2026 concebida para explorar los conflictos, pasiones y vida interior del pintor Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828). Así, conmemora como merece el 200 aniversario del fallecimiento del aragonés a través de 24 temas originales, un buen número de secuencias dramáticas y un recorrido por la trayectoria personal y profesional del genio zaragozano de más de dos horas y media de duración.
Nacido en Fuentedetodos (Zaragoza) en 1746 y fallecido en Burdeos (Francia) en 1828, Goya fue testigo de una España profundamente desigual marcada por la censura inquisitorial, la guerra, la pobreza, el poder de la monarquía y los primeros aires de la Ilustración. En consecuencia, su obra artística dialoga con distintas contradicciones, entre las que destacan la complacencia cortesana, su honestidad social y la exploración de la condición humana en toda su complejidad.
En este musical, la vida del pintor y grabador es abordada con un enfoque dramáticamente denso, emocional e íntimo. De esta manera, se le dibuja como un individuo atravesado por el amor, las convenciones de su época, el conflicto con las estructuras de poder, la frustración y la enfermedad en forma de sordera y otras dolencias que, en conjunto, transformaron su percepción estética, expresiva y social. La partitura de Vega recoge estos polos gracias una paleta sonora que combina motivos líricos introspectivos y mezcla de estilos actuales para intentar acercar al espectador a las tensiones históricas de su tiempo y dotar de variedad a la propuesta.
La obra se despliega en múltiples episodios que, lejos de seguir una línea biográfica estricta, parecen organizarse en forma de cuadros musicales que sintetizan estados creativos, emocionales y éticos del artista en interacción con el entorno y las personas que lo rodeaban en cada instante. En este sentido, la dramaturgia de Vidal articula estos fragmentos gracias a un ritmo narrativo ágil que emplea la música como continuidad expresiva. De esta manera, cada canción no es solo un momento musical, sino que puede entenderse como una extensión orgánica de la situación dramática.
Como se ha apuntado, la partitura de Tom Vega, interpretada en directo, propone un lenguaje ecléctico actual. También se incluyen reflejos de la lírica tradicional española y algunos pasajes de introspección armónica que parecen proyectar la tensión dramática inherente a la obra pictórica de Goya. Esta doble ambivalencia entre lo interior y lo popular, las luces y las sombras, parecen manifestarse de manera más evidente en algunas escenas que remiten al ambiente de la corte española, los salones y encuentros ilustrados y los espacios más sombríos de la conciencia humana.
La escenografía de Carmen Castañón y la coreografía de Federico Barrios, sólidas en sus elementos simbólicos, entre los que destacan focos dirigidos, paneles móviles, focos dirigidos y telas que evocan el proceso de trabajo de distintas obras de Goya, articulan, en conjunto, un espacio fluido que transita entre la intimidad del taller y la resonancia del salón cortesano. Como se indica, la iluminación y las proyecciones y la iluminación complementan la música sin saturar el espacio. En global, se genera una propuesta equilibrada y adecuada para adaptarse a muy distintos teatros que permiten al espectador sumergirse con cercanía en la psicología de los personajes.
Otro de los puntos a destacar es la labor del elenco, encabezado por el madrileño Javier Godino (Goya), la malagueña Erika Bleda (Duquesa de Alba), el talaverano Leandro Rivera (Godoy), la argentina Silvia Lucheti (Reina María Luisa), el cordobés Paco Morales (Ceán Bermúdez/Bayeu), el melillense Diego Molero (Inquisidor) y el barcelonés Germán Torres (Floridablanca, Martín Zapater, ujieres).
Los momentos corales destacan por su energía y precisión, ya que generan estampas colectivas que se complementan y contrastan con algunos solos de carácter más introspectivo y austero. Godino encarna al pintor buceando en su psicología y dotándole de una humanidad concreta, pasional y cercana, sin caer en la idealización. Bleda también dota a la duquesa de personalidad y timbre propio, de la misma manera que Rivera, Lucheti, Morales, Morelo y Torres, que se desenvuelven con carácter, intimismo, complementariedad y profesionalidad en giros cómicos, coros épicos e instantes íntimos.
El rodaje de la puesta en escena tal vez mejoraría al incluir algún pie instrumental antes del inicio de distintos números para, así, ayudar a los cantantes/actores en su entrada. Quizá sería también oportuno revisar, eliminar o variar algunos instantes y reflejos tal vez dirigidos al gran público, aunque podrían resultar un tanto infantiles.
En definitiva, Goya, la melodía de una leyenda es un espectáculo que hay que valorar por poner el foco y dar protagonismo en el género a una figura fundamental de la cultura y el arte de nuestro país. El trabajo de todo el elenco, del director musical y de los músicos configuran, en global, una puesta en escena también didáctica que reflexiona sobre la capacidad e importancia del arte, el compromiso ético, las contradicciones y dificultades que se vivían en distintos momentos históricos y la creación artística.


































