[Reseña] El padre (Teatro Cervantes, 15/01/17)

El padre, pieza teatral escrita por el dramaturgo francés Florian Zeller, plasma sin apenas ambages el deterioro mental al que está sometido una persona aquejada de alzhéimer. Del mismo modo, muestra el abismo al que se enfrentan familiares y amigos de la víctima, colaboradores habituales a la hora de conformar las vivencias que le han acompañado a lo largo de su vida. Entre ellos distinguimos a los hijos o al personal que tan amablemente le asiste, pero también al que acepta a regañadientes, no queda otra, la carga que supone enfrentarse a semejante marrón. Un persistente motivo de irritación para el que pueden florecer soluciones cuando llega la noche y el descanso. Es lo que le ocurre al personaje encarnado por una fantástica Ana Labordeta, la hija, que confiesa y describe minuciosamente un sueño donde estrangula a su padre mientras duerme.

La adaptación que José Carlos Plaza ha realizado de El padre pretende introducirnos en la mente del afectado valiéndose de una puesta en escena donde encontramos personajes interpretados por distintos actores o fragmentos cuya repetición desconcierta, dando pie a escenas y situaciones donde los espectadores terminan manoseando levemente la confusión del protagonista. No hay intención de acorralarnos con cuestiones de difícil salida. Basta observar y acompañar a Andrés y sus allegados, parecen indicarnos desde dirección, para tropezarnos con muchos de los oscuros callejones que podemos llegar a albergar en nuestro interior.

“Es como si fuera un árbol y estuviera perdiendo todas las hojas”, intenta explicarnos un excepcional Héctor Alterio, que ya desde su primera aparición correteando por el escenario invita a celebrar todo lo que supone una función teatral. Poco a poco el mobiliario irá desapareciendo y las puertas y ventanas serán tapiadas. Finalmente nos queda una habitación enorme, blanca y vacía, donde solo escuchamos las mismas preguntas una y otra vez, ya que las respuestas, las hojas a las que se refería Alterio, son arrastradas por el viento para no volver.

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