
Más de 22.000 personas, según datos proporcionados por la organización, han pasado del 21 al 24 de agosto por el Recinto Ferial de Torremolinos para disfrutar de la decimosexta edición del Canela Party. Un festival único en su especie que un año más, y van no sé cuántos, se mostró comunicativo, cercano y aclaratorio desde el primer momento. A través de sus redes sociales o mediante correos electrónicos, el festival ha ido suministrando toda la información que a cualquier persona que decide acudir a un evento de estas características le gustaría conocer de antemano para poder organizarse de forma apropiada. No es una perogrullada: son varios los festivales de menor, similar o mayor envergadura a los que parece costarles proporcionar cierta información, sobre todo con la antelación y transparencia aconsejables en este tipo de saraos.
Canela Party lo viene haciendo desde hace numerosas temporadas, ya decimos, y además despejando por el camino ciertas incógnitas que pudiéramos aún albergar a pesar de la encomiable labor informativa (por ejemplo, la oferta gastronómica o el precio de las bebidas). Cabe destacar igualmente la premura y buen hacer a la hora de sustituir a grupos que, por una u otra razón, tienen que borrarse del cartel meses, semanas o días antes de que arranque el festival. Es decir, si Joyce Manor es baja, se da de alta a Model/Actriz. Y si se caen de la programación Shannon and The Clams y White Reaper —una lástima, qué duda cabe— se sustituyen con reclamos de altura como The Lemon Twigs y Cloud Nothings. Ni más ni menos. Son todas ellas razones de considerable peso para que uno, cuando cruza el acceso del espacio ubicado en el Recinto Ferial de Torremolinos, sepa a qué atenerse más allá, claro, de la sabrosa oferta musical que ofrece actualmente el festival: ese es otro cantar del que vamos a dar cuenta ahora mismo aunque sea de manera fragmentaria e irregular ya que hay demasiada tela que cortar, al menos para un cuarentón como yo que necesita sus correspondientes horas de asueto.

Podemos hincarle el diente a la crónica informando que el aforo del festival —al igual que en las dos últimas ediciones— estaba limitado a 5.000 personas «en pos de la comodidad», aunque en la jornada del sábado, según la nota de prensa distribuida el pasado lunes, fue la más concurrida al alcanzar los 6.000 asistentes. El recinto se ha ampliado con algunos metros cuadrados, a lo que hay que sumar ciertas modificaciones en la distribución que han contribuido a mejorar notablemente la comodidad a la hora de circular de aquí para allá. Por lo demás, la amplia programación ha vuelto a repartirse entre los escenarios Fistro y Jarl durante cuatro jornadas —de miércoles a sábado—, siendo la primera de ellas una vez más con entrada gratuita previa retirada de invitación. El programa inaugural, sin desperdicio, contó con las actuaciones de Amigas Íntimas, La Culpa, Monteperdido, Adiós Amores, Deeper, Los Punsetes, The Tubs y La Plata. Por su parte, la tradicional fiesta de disfraces, también como viene siendo habitual, se ha celebrado el último día de festival: la despedida es así más llevadera. Por si fuera poco, de forma paralela la zona Gromenauer ha acogido las selecciones musicales de pinchadiscos como Dani García, Mapaxe, JotaPop, Tali Carreto, Malacara, Chilbi o Mondo Insonoro.

La jornada del jueves la abrieron, con sol y humedad para dar y tomar, unos Meeky que harán las delicias de todos aquellos que rastreen el panorama musical buscando propuestas basadas en sonidos de los noventa y la oleada emo de mediados de los 2000. La formación, capitaneada por Dani y Adri, se completa sobre los escenarios hasta un quinteto donde cabe resaltar la militancia de Álvaro Fernández, uno de los fundadores del Canela Party, que se acercó hasta el micrófono para agradecer el apoyo que ha recibido el festival durante todos estos años por parte del público. Juntos interpretaron con plausible energía algunas de las canciones incluidas en su primer disco (Experiencia Miguel), versionaron a los californianos Joyce Manor (Constant headache) y terminaron cantando en Pinta amistad que «el mundo se va a terminar, ya queda menos, para qué esperar», referencia harto propicia para la siguiente actuación de la tarde, ésta ya en el escenario Jarl: el combo argentino Fin del Mundo. El grupo fichaba en 2023 por el sello español Spinda Records, donde publicaban Todo va hacia el mar, álbum recopilatorio que incluía sus dos EPs previos por primera vez en formato físico. En las próximas semanas editarán su nuevo disco, Hicimos crecer un bosque, trabajo que poco a poco van desempaquetando con adelantos como Vivimos lejos o Una temporada en el invierno. Obviando cierta linealidad en su propuesta, el cuarteto cuenta ya en su haber con buenas canciones y sustanciosos juegos de guitarras que defienden con brío sobre las tablas, especialmente cuando se arrojan a desarrollos más o menos extensos que se aproximan aunque sea de forma tangencial a los postulados del post-rock.

De vuelta en el escenario Fistro, Ghostwoman —que sustituía a los británicos Bar Italia, baja de última hora— sumergió a la concurrencia en una férrea hipnosis a base de psicodelia, kraut, garage y distorsión a tutiplén. La dupla, compuesta por el cantante, compositor y multiinstrumentista canadiense Evan Uschenko y la baterista belga Ille van Dessel, se basta y sobra (con las indispensables y obsesivas líneas de bajo pregrabadas, eso sí) para descargar una tormenta de decibelios inspirada en grupos como Black Rebel Motorcycle Club, Brian Jonestown Massacre o Suicide, por citar sólo algunos de los referentes que acuden raudos a nuestra cabeza. El dúo estará en octubre de gira por nuestro país: yo iría. Con Vivabelgrado, poco después, acabamos agotados todos, ellos y nosotros. Qué barbaridad. Ha pasado ya una década desde que los cordobeses publicaran sus primeras canciones, pero es ahora cuando su post-rock/screamo, al que han ido acoplando sonoridades más afines a un indie-rock esquinado y nada acomodaticio, alcanza un admirable punto de equilibrio en su último álbum, Cancionero de los cielos, del que dieron buena cuenta el jueves frente a un nutrido puñado de fieles. Están de dulce, que diría mi abuela.

Lo de Frente Abierto conviene explicarlo, que tiene su miga. Se trata de un colectivo de músicos andaluces, con el bajista Marco Serrato en labores de composición y dirección musical, que combina géneros tan dispares como el metal del grupo sevillano Orthodox, el ambient de David Cordero y la zanfona y guitarra de Raul Cantizano —ya sea acústica o colmada de electricidad— «como llave o traductora del flamenco pero siempre guiñando el ojo a lo experimental». El elenco protagonista se completa con Borja Díaz (batería) y Carlos Pérez (guitarra eléctrica), a los que todavía hay que sumar dos ingredientes de enjundia: las voces de Israel Fernández y Lela Soto, de la saga de los Sordera. La publicación del primer disco de la asociación, que contará con variopintas colaboraciones según anunciaron desde el escenario, está prevista para el próximo invierno. La propuesta de Serrato, Israel, Lela y compañía se destapa como acontecimiento a subrayar pero difícilmente sorprenderá a aquellos familiarizados, qué sé yo, con el Omega de Enrique Morente y Lagartija Nick —palabras mayores—, el Para quienes aún viven de Exquirla (que reunía a Toundra y Niño de Elche) o las grabaciones de Jota, Antonio Arias y Soleá Morente bajo el ala de Los Evangelistas. Pero hallazgos, haberlos haylos, y aquí surgen de combinar y agitar las múltiples variaciones que admite el flamenco con un stoner que acoge brochazos de post-rock canónico: ahí sí que hay un buen filón en el que hurgar.

Con Curtis Harding surgieron bailoteos por casi toda la superficie del recinto y volvió —faltaría más— el parloteo sin fin del respetable. El cantante y compositor estadounidense, arropado por una banda a todas luces extraordinaria, ofreció ingentes cantidades de soul y funk de primera categoría: tocaba mover cabeza, manos y pies ante un repertorio que parecía sacado del año setenta y tantos del cada vez más lejano siglo pasado. La gran jarana, que ya se había intuido en On and on, llegó al final con una versión del With a little help from my friends (a lo Joe Cocker) y un Need your love que se lo gozó allí todo dios.

Big Thief llegaba a Torremolinos tras el estreno hace unas semanas de su nueva alineación, que mantiene a Adrianne Lenker, Buck Meek y James Krivchenia, sustituye al bajista Max Oleartchick por Justin Felton e incorpora una segunda batería custodiada por Jon Nellen. En mitad del concierto me acordé de aquella pregunta que se hacía alguien en los comentarios de uno de los vídeos de la banda que podemos encontrar en YouTube: ¿esta gente es capaz de hacer algo mal? La respuesta es inmediata y admite pocas réplicas: no. Al menos hasta el día de hoy. Su mejunje, compuesto a base de un folk-rock insólito, atrapa y conmueve a las primeras de cambio gracias, en gran medida, a la voz y presencia de una Lenker indescifrable. En directo la apuesta del ahora quinteto crece hasta alcanzar cotas de insospechada altura, ya sea durante los momentos de mayor recogimiento o al embarcarse en gozosos y ruidosos desarrollos que pueden remitir a las galopadas eléctricas de Neil Young y sus Crazy Horse. Fueron diez las canciones que sonaron en la tarde del pasado jueves, seis de ellas ya imprescindibles en el catálogo de los de Brooklyn (y entre las que cabe destacar Masterpiece y Not) y cuatro que formarán parte, suponemos, de su próximo disco. Las interpretaron una detrás de otra (Words, Space and time, Grandmother e Incomprehensible) hasta delinear con trazo firme uno de los tramos más memorables de la noche. Enormes.

Standstill ofreció el mismo espectáculo que viene realizando este año durante su gira de festivales tras casi una década de inactividad. Son ceremonias espléndidas y no muy extensas —aguardamos con las debidas ganas al anuncio de sus fechas por salas— en donde la banda liderada por Enric Montefusco repasa aquella tríada de discos con los que terminaron por obtener el merecido reconocimiento de crítica y público (Vivalaguerra, Adelante Bonaparte y Dentro de la luz) tras unos primeros trabajos cantados en inglés e inscritos en el hardcore. Es decir, no faltaron Me gusta tanto, La risa funesta, las dos secciones de Adelante Bonaparte, La mirada de los mil metros o un ¿Por qué me llamas a estas horas? siempre infalible. Siguen en perfecto estado de revista.

El programa del viernes lo principiaron Orina y Finale, pero la primera gran sacudida de la tarde llegaría con Lisabö, que se mostraron rotundos desde los primeros compases y así seguirían hasta el pitido final gracias a una formación donde confluyen tres guitarras y dos baterías de corte simétrico. Inapelables. De hecho, la tormenta desatada por los vascos probablemente influyó en la percepción inicial —no muy favorable— de la actuación algo plúmbea de los angelinos Militarie Gun, que presentaban su reciente Life under the gun. Ya al anochecer, el escenario Fistro acogía a Cloud Nothings. El trío de Cleveland comenzó de capa caída: sin ir más lejos, la guitarra de Dylan Baldi apenas se escuchaba. Pero poco a poco las aguas volvieron a su cauce, y entre una agradecida representación de su último disco (Final summer, I’d get along o Running through the campus) y rescates prominentes de su temario anterior (Modern act, So right so clean, I’m not part of me y una extendida y catárquica Wasted days) terminaron por alzar el concierto hasta el notable bien alto. De hecho, podemos incluir sin temor a represalias los últimos diez o quince minutos de actuación entre lo más granado de esta edición.

Poco después, a Wednesday —al igual que ya le ocurriera antes a Militarie Gun— le tocaba bailar sobre el escenario Jarl al compás de las cenizas que aún revoloteaban en el ambiente tras el imponente final del bolo de Cloud Nothings. Pero lo solventaron con nota pese a un comienzo parsimonioso y algo arrastrado que parecía coincidir, además, con la decisión de buena parte de la marabunta de acercarse a la zona Gromenauer para cenar algo y recuperar fuerzas de cara al resto de la noche. Y es que el pop-rock de tintes country del grupo estadounidense encabezado por Karly Hartzman parece demandar su propio tiempo y espacio: esperad y veréis, parece susurrarnos alguien al oído. Y la serena contemplación tiene premio, ya que en el camino que va desde la apertura con Wound up here hasta las últimas y cuasi escandalosas Bull believer y Wasp se detecta un sensacional trayecto que los de Carolina del Norte transitaron con envidiable convicción (pese a algunos problemas con el pedal steel) y cierto ánimo combativo que cristalizó, ya hacia el final de la actuación, con las palabras en español del batería Alan Miller criticando duramente a los dirigentes de su país y a Netanyahu, al que tildó de criminal de guerra. Arreciaron los aplausos.

Los siguientes en saltar a la palestra fueron Protomartyr, una apisonadora que ya desde las iniciales Ain’t so simple y For tomorrow dejaron bien claro que aquello podía llegar a convertirse en algo grande y hasta gigantesco. Así fue. Con un imperial Joe K. B. Casey al frente, lata de Estrella Galicia en mano, la banda de Detroit puso patas arriba el escenario Fistro con un post-punk eléctrico y brutote —deudor de Mark E. Smith y sus The Fall, claro— que apenas dio respiro al personal.

En la última jornada, la del sábado, el protagonismo se repartía —al menos en las primeras horas— entre las actuaciones y los disfraces que lucían muchos de los asistentes y algunos de los músicos. La costumbre, marca indiscutible del Canela, proviene de la primera edición del festival, celebrada en 2007 bajo la denominación de Canelacore, pitote en donde la banda malagueña The Skirmish Society invitó a otros grupos a imitar lo que ellos tenían a bien hacer en sus conciertos: disfrazarse y lanzar confeti y caramelos a un público que también terminaría por acudir convenientemente disfrazado. Les animo desde aquí a que echen un vistazo a las redes sociales del festival para descubrir lo divertidas y ocurrentes que pueden llegan a ser esas personas que en el día a día —rostros serios como Dios manda— comparten con usted el bus, el metro o la cola del Mercadona.

Mucho ha llovido, aunque no lo suficiente, desde que Cala Vento actuara en la sala París 15 dentro de la décimo segunda edición del festival. En aquella ocasión Joan Delgado y Aleix Turon, hijos ilustres de l’Empordà, aparecieron ataviados de bañistas sin temor a las medusas mientras que el pasado sábado saltaron al escenario Jarl enfundados en el uniforme de la escudería Ferrari como genuinos cabecillas de Montgrí, el sello discográfico de vocación DIY que ambos pusieron en marcha hace unos años «con la intención de huir de lo establecido y dar otra salida a propuestas que pongan el arte y la persona en el centro». Bravo. En el ya abultado repertorio que atesoran, profuso en canciones con las que desgañitarse puño en alto, se hallan con frecuencia nuevos matices aquí y allá pese a que el discurso sonoro es el que es. También en sus conciertos nos topamos en cada nueva temporada con alguna que otra novedad. Son detalles, pasitos, pero ahí están, como por ejemplo el que Joan deje la batería durante unos minutos para agarrar la guitarra en la coda de uno de los temas, que versionen a su manera el Del montón de Sr. Chinarro —que por allí andaba— o que finiquiten su actuación entre saltos y abrazos al ritmo de la festiva Conmigo. Formidables.

Tras unos Home Front voluntariosos pero aún algo rasos, los componentes de The Lemon Twigs tomaban posiciones sobre el escenario para destapar el tarro de las esencias que desprendían grupos como los Beatles, los Byrds o los Kinks, entre otros muchos, en esa etapa prácticamente inigualable que va del 64 al 69. El cuarteto integrado por Brian y Michael D’Addario, Danny Ayala y Reza Matin echó mano de sus dos últimos discos (Everything harmony y A dream is all we know) para obsequiar al público con un repertorio atiborrado de suculentas tajadas de un pop luminoso e impecable (In my head, Any time of day, Church bells, If you and I are not wise, My golden years) que aderezaron con tres versiones de altos vuelos: Transparent day (The West Coast Experimental Band), I don’t wanna cry (The Keys) y You’re so good to me (The Beach Boys). Tras su exitosa gira por nuestro país el pasado mes de mayo, los hermanos D’Addario volverán a España en diciembre: acérquense a verlos y embriáguense con sus voces, coros, armonías y pericia instrumental. Dicho queda.

De vuelta en el escenario Fistro, la actuación de Superchunk se reveló como una clase magistral y abrumadora de rock alternativo americano de toda la vida. El grupo, con Mac McCaughan y Jim Wilbur a las guitarras y una sección rítmica compuesta por Betsy King al bajo y Laura King a la batería, apabulló desde el inicio con Driveway to driveway y The first part, que gozaron ya de un sonido sobresaliente que se mantendría a lo largo de todo el concierto. La ristra final, que enlazó What a time to be alive, Slack motherfucker y Precision auto antes del bis con Throwing things, dejó el listón bien alto. Y ahí lo mantuvieron —alzándolo por momentos— unos Triángulo de Amor Bizarro que salieron a morder con disfraces de Ayuso (Isa Cea), Leiva (Rodrigo Caamaño) y personaje sumamente rococó (Rafael Mallo). «Hola, hijos de puta», nos saludaba una risueña Isa, «¿Habéis comido mucha fruta? ¿Hay mucho comunista por aquí o qué?». Y al lío: Robo tu tiempo, ¿Quiénes son los curanderos?, El fantasma de la transición y El himno de la bala sirvieron para abrir fuego. Bien, ¿no? La banda gallega, reducida a trío tras la marcha de Zippo, aminoró las revoluciones con No eres tú y La espectadora, sacó las uñas de nuevo con Ruptura y alcanzó con ASMR para ti uno de esos momentos extraños y fascinantes que toda gran representación en vivo contiene en mayor o menor medida. Volvemos a menearnos con Estrella solitaria —que tenía previsto su estreno en directo en la pasada edición del festival pero el maldito vendaval lo impidió— y encaramos un cierre total, prologado con Baila Sumeria y Canción de la fama, que encadena Barca quemada, Vigilantes del espejo y De la monarquía a la criptocracia, lo que provoca un apreciable desprendimiento de sudor y ardor procedente de los fantásticos cuerpos de la muchachada.

Toca beber y descansar pero con un ojo puesto en la pantalla del escenario Fistro, donde se anuncia que la 17ª edición de Canela Party se celebrará del 20 al 23 de agosto de 2025 de nuevo en Torremolinos. La primera tanda de grupos y artistas confirmados incluye, en riguroso orden alfabético, a Bum Motion Club, Depresión Sonora, Derby Motoreta’s Burrito Kachimba, Grande Amore, The Get Up Kids (25th Anniversary Tour for Something To Write Home About), Joyce Manor, Les Savy Fav, Maple (con concierto especial de reunión), Mourn y Tropical Fuck Storm. Los abonos están ya a la venta. El mensaje parece impepinable: que no pare la fiesta.




































