Gabriel Sopeña y Loquillo, en una imagen promocional de la gira.

Cuenta José María Sanz Beltrán (Barcelona, 1960), Loquillo para amigos y enemigos, que el confinamiento llegó cuando quedaban un par de semanas para comenzar los ensayos de los conciertos de presentación de El último clásico, editado a finales de noviembre. Pero inmediatamente se puso manos a la obra con músicos y promotores para planificar un verano inédito y buscar soluciones a los múltiples problemas surgidos de forma repentina. El 3 de julio, una vez levantado el estado de alarma, se subía al escenario del Wizink Center en una actuación a beneficio del Banco de Alimentos de Madrid, convirtiéndole a él y a su banda en «los primeros en abrir un ‘arena’ en toda Europa». Una semana después inauguraba en el Fes Pedralbes de Barcelona La vida por delante junto a Gabriel Sopeña, gira que recalará mañana viernes en el Castillo Sohail dentro de la programación de la Edición Limitada del Marenostrum Fuengirola. La velada, que también contará con la presencia de Alfonso Alcalá, Laurent Castagnet y Josu García, se anuncia como un viaje de ida y vuelta, abierto y evocador en sonoridades y texturas, por el que transitan Benedetti, Luis Alberto de Cuenca, Aute, Brassens o Johnny Cash, entre otros muchos gigantes. Ya saben: el espectáculo debe continuar.

¿Qué supuso para usted y sus músicos interrumpir los conciertos y la promoción de El último clásico

El confinamiento llegó a quince días del inicio de los ensayos de la gira de El ultimo clásico: dos años de trabajo en stand by y todas las fechas cerradas con más de la mitad de las entradas vendidas y un montón de puestos de trabajo en el aire. Es una situación a la que me he enfrentado con anterioridad por otros motivos, pero somos profesionales y desde el minuto uno nos pusimos a trabajar para reconducir la gira con nuestros promotores y buscar soluciones a los problemas. En unas palabras: hacer nuestro trabajo.

¿Cómo llevó el no poder salir de casa? En su cuenta de Instagram, durante el confinamiento, fue publicando ‘bodegones’ atiborrados de discos, libros, películas y tebeos. 

Me he visto en situaciones mucho peores, es lo que tiene tener pasado. Por lo demás, no había permanecido cuatro meses en el mismo sitio desde mi adolescencia. Los bodegones han sido una bonita manera de comunicar mi estado de ánimo al resto del mundo. Soy un sociópata que necesita el contacto con la gente (risas).

Regresó a los escenarios el 3 de julio con un concierto a beneficio del Banco de Alimentos de Madrid. ¿Qué sensaciones le produjo actuar en el Wizink Center en una situación así?

Fuimos los primeros en abrir un ‘arena’ en toda Europa. Una responsabilidad que nos llena de orgullo. Con nosotros se estrenó el protocolo de los grandes eventos. Nos gusta dar la cara en los momentos difíciles, somos profesionales. En el sector se nos conoce como la ‘101’. La emoción vino porque, en primer lugar, llevaba un año y medio sin pisar un escenario después de finalizar la gira del 40 aniversario en el Palau Sant Jordi de Barcelona. Y, en segundo lugar, por ser los primeros en «derrotar el silencio en las calles de Madrid», canción con la que abrimos el evento.

Los conciertos veraniegos los está realizando con el músico, profesor y poeta Gabriel Sopeña. Juntos repasan los cuatro discos que tienen publicados de poesía contemporánea, pero hay que aclarar que no son recitales acústicos. ¿Qué músicos e instrumentos le acompañan? 

Como sabes, mi trayectoria vital se divide entre mi trabajo como estrella del rock español, un trabajo que todos conocen después de más de cuarenta años de trayectoria, y el que realizo junto a Gabriel Sopeña. Se trata de un proyecto alternativo que ya tiene cerca de treinta años, con cuatro discos editados, y que reivindica la poesía contemporánea y la tradición popular que se inicia con los trovadores medievales. Si en el primer caso los eventos se realizan en grandes espacios, en el segundo su hábitat natural es el teatro. Jamás rebajaría mi repertorio de rock español a la categoría de acústico. En el caso del personaje que interpreto en esta gira, estoy arropado por Gabriel Sopeña y los músicos Laurent Castagnet, Alfonso Alcalá y Josu García.

¿Qué le ha aportado, y le sigue aportando, la poesía? 

La poesía es un espacio de libertad total, es donde el personaje crece y se transforma, es mi escuela de vida y donde aprendo sin limitaciones. Un territorio perfecto de transgresión y resistencia.

Ahora debería estar grabando un álbum dedicado a la obra de Julio Martínez Mesanza. Y también, más allá de estar presentando El último clásico en directo, preparando las maquetas de lo que será el próximo disco de Loquillo.

Todos los proyectos esperan su momento, no tengo prisa, estoy acostumbrado a ir por delante de la conexión espacio-tiempo. Ética y estética tienen que ir de la mano. Ahora mismo estoy parapetado en el personaje introspectivo que desarrollo en el teatro. No sé a dónde me va a llevar, pero estoy seguro que va a ser un viaje apasionante.

Hasta el momento no se ha notificado ningún contagio por asistir a conciertos. Las medidas de seguridad están siendo excepcionales. 

Ahora mismo un acto cultural es el lugar más seguro de la nueva normalidad. El protocolo es estricto y los promotores están asesorados por profesionales del sector. Es necesario que los medios de comunicación transmitan esa seguridad. De la misma manera que la Presidencia del Gobierno animó a ir a terrazas y restaurantes en su momento, también debería animar ahora a los ciudadanos a asistir a los eventos culturales.

Hay valentía en salir a tocar ahora, en organizar actuaciones. Y también en asistir, ¿no cree? 

La vida por delante es un acto de fe. Salimos de gira por respeto a este oficio, al público, técnicos, músicos, promotores y profesionales del sector. Hay que dar la cara en defensa de esta industria que mueve el 4% del PIB y que tiene a casi un millón de trabajadores en nómina. En una situación normal, seríamos más de treinta personas en una gira convencional de rock español. Ahora somos ocho personas. No se nos caen los anillos por ello, hay que estar a las duras y a las maduras, es nuestro trabajo llevar la cultura y este repertorio donde sea menester. Este es un acto de resistencia. El miedo es enemigo de la libertad.

¿Piensa que son apropiadas las medidas tomadas por el Gobierno para apoyar al sector cultural?

Esta pregunta es innecesaria, ya sabes por qué. Estamos solos, no somos dueños de nuestro futuro ni de nuestras vidas. Nadie nos ha dado unas pautas y el sector está desmantelado, no existe la empatía por parte del Ministerio de Cultura. No hay una política conjunta con el resto de comunidades, cada una de ellas se rige por su propia iniciativa. Hay festivales suspendidos por la propia ignorancia de la Administración con el protocolo sanitario. Los países de nuestro entorno han salido en tromba a salvar el sector cultural. ¡Qué envidia! En España parece que hemos retrocedido varias décadas. Durante el confinamiento la cultura ha sido la gasolina para resistir la pandemia, la música ha sido su banda sonora. Es hora de que tanto el público como la Administración no nos dejen a la intemperie. La cultura es la mejor embajadora de España.

¿Se considera usted el último clásico?

Soy un artista fin de siècle, con todas sus consecuencias. Un personaje de Melville, como dice el escritor Felipe Cabrerizo. Bienvenido al siglo XXI.