Lo expuesto en Cronología de las bestias podría ayudar a ejemplificar uno de los textos de Montaigne, al que conviene tener siempre a mano. El escritor francés, en uno de sus ensayos, recuerda que la fortaleza de la memoria resulta fundamental a la hora de planificar un embuste como Dios manda. Acto seguido rescata la diferencia que los retóricos establecieron entre mentir y decir mentira: “Aseguran que decir mentira es decir cosa falsa que se tomó por verdadera, y que la definición de la palabra mentir vale tanto como ir contra su conciencia; son los que dicen algo contrario a lo que saben”. El director argentino Lautaro Perotti juega aquí con ambos términos a través de un relato que narra el comportamiento de una familia enfrentada al repentino regreso del joven Beltrán, desaparecido hace once años sin dejar rastro.

Perotti levanta un edificio lleno de angustia y tensión que, por momentos, se tambalea y amenaza con venirse abajo de forma estrepitosa. Ocurre casi al final, cuando la meta se dibuja ante nuestros ojos tras una carrera de setenta minutos y algún que otro esprint: la resolución del montaje, el qué, quién, cuándo, cómo y por qué, probablemente cuestionable para no pocos espectadores, está armada con excesivos gritos y aspavientos; aquello roza lo cómico, tal vez de forma voluntaria, y a punto está de borrar de un topetazo la atmósfera de una obra, por lo demás, construida meticulosamente y rodeada de notables hallazgos. Los hay, sin irnos muy lejos, en un elenco encabezado por una espléndida Carmen Machi —qué les voy a contar a estas alturas— y rematado con la presencia de Pilar Castro, Santi Marín, Patrick CriadoÁlvaro Lavín. También toca aplaudir la escenografía elaborada por Mónica Boromello, donde elementos como el decorado y la iluminación, ambos compinches a la hora de tratar las distintas y decisivas transiciones, dotan a la pieza de un territorio físico que complementa el tono onírico, a ratos, de una función en donde casi nada es lo que parece. Como la vida misma.

Foto: Javier Naval

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