El escritor, guionista y realizador Emmanuel Carrère (París, 1957) fue testigo de dos de los acontecimientos más temidos en su vida a raíz del tsunami que arrasó las costas del océano Índico en 2004: el fallecimiento de un hijo y la muerte de una mujer joven con marido y descendencia revoloteando a su alrededor. Alguien le recordó entonces que era escritor, que podía volcar todo aquello en papel y sacar los demonios a pasear. Nació así De vidas ajenas (2011), preciso ejemplo de composición literaria que parte de hechos reales con el objetivo de llevar a cabo una investigación periodística, a ratos, novelada. Las conclusiones, a las que llegamos tras un recorrido con decenas de socavones, serán poco complacientes y difíciles de rastrear.

Por otro lado, en el El adversario (2000), comparado de forma recurrente con A sangre fría de Capote, Carrère narra la escalofriante historia de Jean-Claude Romand, supuesto médico e investigador en la OMS que el 9 de enero de 1993 mató a sus padres, mujer e hijos para luego intentar suicidarse sin llegar a conseguirlo. “La investigación”, copio de la sinopsis, “reveló que no era médico, tal como pretendía y, cosa aún más difícil de creer, tampoco era otra cosa. Mentía desde los dieciocho años. A punto de verse descubierto, prefirió suprimir a aquellos cuya mirada no hubiera podido soportar. Fue condenado a cadena perpetua”.

Pero tal vez sea la semblanza que Carrère hace de Limónov, editada en 2011, la más compleja de sus obras. Político y escritor ruso, Eduard Limónov abandonó su Dzerzhinsk natal para trasladarse a Moscú en 1967 junto a su primera novia, Anna Moiséyevna. En 1974 vuelve a hacer la maleta y se muda a Nueva York, en esta ocasión acompañado de Yelena Shchápova, con quien se había casado un año antes. Desde allí conseguiría publicar su primera novela en Francia, El poeta ruso prefiere los negros grandes (1980), a la que le seguirían poco después Historia de un servidor y Diario de un fracasado. En 1982 se establece con la escritora y cantante Natalia Medvédeva en París, donde colabora en publicaciones comunistas y nacionalistas y funda su propio periódico en Rusia tras la caída de la URSS. Apoya a los serbios de Bosnia durante la guerra de los Balcanes y en 2001, acusado de terrorismo, es encarcelado. Su pena, inicialmente de catorce años, se redujo a cuatro, periodo que aprovechó para continuar escribiendo entre el reconocimiento de sus compañeros.

A Carrère, que concluye la biografía cuando Eduard abandona la prisión, le cuesta cerrar una historia extraordinaria, vehemente, henchida de escaramuzas por todo el mundo. En las últimas páginas asistimos a una escena en la que Limónov le pregunta el por qué de centrar la atención sobre él. “Porque tienes —o porque has tenido— una vida apasionante”, responde el francés. “Una vida novelesca, peligrosa. Una vida que ha arrostrado el riesgo de participar en la historia”. El ruso, con una risa seca, le espeta: “Sí, una vida de mierda”. A Carrère no le convence este final y busca consejo en su hijo mayor, Gabriel. “En el fondo”, le dice a su padre, “lo que te molesta es que le retratas como a un perdedor”. Y razón no le falta. Podrán extraer sus propias conclusiones tras devorar este exquisito retrato que Carrère hace de Limónov, figura que aúna sin remilgos las entrañas de Houellebecq, Cohn-Bendit y Lou Reed.

Foto de la colección personal de Carrère: Limónov y Carrère en Moscú (2007).

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