El hombre es el único animal que tropieza las veces que haga falta con la misma piedra. De forma insistente. Ya lo dejó escrito Marco Aurelio en sus Meditaciones: “Con la consideración de las cosas pasadas y de tantos cambios como se operan en el presente, se puede asistir de antemano al futuro. Porque el aspecto será el mismo, no siendo posible que se salga del ritmo de los acontecimientos”. Pocas páginas después sentencia: “Entiende que los hombres cometerán siempre, aunque te exaspere, los mismos errores”. En esos concisos fragmentos reside el fundamento de Las tres hermanas, obra de Chéjov estrenada en 1901 que ahora adapta y dirige Raúl Tejón. Trasladadas por su padre a una ciudad de provincias, Masha, Olga e Irina, hastiadas, ven como su mundo se viene abajo a consecuencia de una vida que lejos de Moscú pierde su color y palidece.

Las hermanas, interpretadas por Ana Fernández, Raquel Pérez y Silvia Marty, intentan desprenderse de una existencia insoportable mientras a su alrededor se mueven familiares, amigos y componentes de un regimiento militar. Pero el paso del tiempo les demostrará que, por más que lo intenten —lo intentemos—, resulta imposible salir de la rueda que nosotros mismos hemos construido. El trabajo y al amor, protagonistas sobresalientes del texto, deparan gozos y sufrimientos, sentimientos antagonistas que irán de la mano hasta el fin si atendemos a nuestra condición humana, mil veces retratada a través de Dostoyevski, Shakespeare, Montaigne, Cervantes y tantísimos otros. También lo hizo Chéjov, aunque sus reflexiones aquí anden de puntillas y apenas alboroten, situadas casi al azar dentro de un relato que, consideraciones filosóficas aparte, difícilmente consigue arrebatar.

La adaptación contiene algunas modificaciones con respecto al original; si los cambios de algunos nombres y referencias refuerzan una necesaria alianza con el público, otros —como el inevitable acento de Sabrina Praga o la inclusión con calzador de escarceos sexuales— pueden alejarnos de ella. Por lo demás, Tejón acierta en la desnudez escénica del montaje, en su precisa iluminación y en el aprovechamiento de espacios, consiguiendo introducirnos en una tierra de nadie sin escapatoria: los personajes, impotentes, se mantendrán ocupados en representar una y otra vez la misma función ante la mirada complacida de un Camus cualquiera.

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