Carmen Ocaña y María Azuaga abrieron las puertas de Re-Read a comienzos de 2014. Se trata de una librería de segunda mano diferente, ya verán, que luce radiante desde hace unos meses en el número 27 de la calle Victoria tras su paso por Plaza del Teatro. Allí se venden y compran libros, claro está, pero también se comparten experiencias, conversaciones, recuerdos. Pasen y lean.

¿Cómo nace la idea de fundar la librería?

La librería no es solo mía: mi hija María y yo somos socias al cincuenta por ciento. Ninguna de las dos nos habíamos dedicado antes a ser libreras. De hecho, su formación y la mía no tienen nada que ver ni siquiera con la literatura; María es trabajadora social y yo estudié pedagogía, que es a lo que me he dedicado durante veinticinco años. Pero ha habido en nuestro país una situación de crisis muy profunda que, de una forma u otra, nos ha afectado a todo el mundo, de tal manera que hemos tenido que repensarlo todo un poco, o espero que así haya sido. En ese momento tomé una decisión personal, que fue irme a vivir a Buenos Aires. Pensaba que las cosas allí iban a funcionar. Para mí fue un duro proceso en el que experimenté un sentimiento de extranjeridad muy grande. Quizá a mi edad la capacidad de abstracción había mermado un poco. Decidí volverme, aunque no era el momento para desarrollar mi trabajo como pedagoga dentro del ámbito social, ya que las políticas de austeridad habían cortado radicalmente con ese mundo. Entonces pensé qué hacer con mi vida.

Estando en Buenos Aires leí una entrevista sobre la librería y me dije “bueno, vamos por aquí”. No era una inversión excesivamente grande, pero teníamos poco dinero. Contar con mi hija era para mí aferrarme a algo seguro. Antes de irme a Buenos Aires había vivido veinticinco años en Cádiz. Decidí venirme a Málaga, una ciudad mucho más grande, donde intuía más lectores y vivían mis dos hijas. Para mí no era un lugar del todo desconocido porque estudié aquí en la universidad, aunque hacía mucho tiempo que me había desvinculado de Málaga. Así que no sabía dónde poner la librería o por dónde se movía la gente que compra libros. Fue un poco intuitivo. Nos lanzamos y, bueno, unos días me arrepiento del todo y otros estoy feliz. Ahora hay muchas, pero esta librería fue la primera Re-Read que se abrió después de la de Barcelona.

¿Cómo funciona Re-Read?

Re-Read intenta, primero, romper con la imagen algo oscura —que tiene su punto de romanticismo— de las librerías de segunda mano; segundo, apuesta por crear espacios muy luminosos, amplios y cuidados en su aspecto físico; y tercero, intenta que nadie deje de leer porque no pueda comprarse un libro. Aún así, hay mucha gente, lo compruebo cada día, que viene y me pregunta si puede pagar en otro momento. Es importante una buena política de precios en la cultura, pero aún así no se llega a todo el mundo. La gente dice que no se lee porque no se quiere. Bueno, yo diría que la gente no lee por muchas razones, una de ellas es que hay personas que no pueden comprar un libro que les cuesta dieciocho, veinte o treinta euros. Creo que para la inmensa mayoría no es fácil en estos tiempos gastarse sesenta euros al mes en libros.

Para conseguir los retos que propone Re-Read cuidamos el espacio y a los clientes. Procuramos que haya siempre un ambiente muy fresco. Queremos ser librería de barrio: conocer a la gente que viene, a sus familias, lo que les gusta, lo que les pasa, si trabajan o no. Es una trato muy cercano, de nosotros hacia ellos y de ellos hacia nosotros. Hay gente que nos trae cosas o se pone contenta porque nos va bien. Es una relación muy afectiva. Creo que si a alguien no le gusta la gente no debería abrir una librería; no se tiene un sitio así sólo porque te gustan los libros, también te tienen que gustar las personas y ser capaz de acercarte a ellas.

¿De dónde han salido todos estos libros que tenéis aquí?

Compramos libros a gente como tú o como yo. Los primeros que se pusieron aquí fueron los míos, mi biblioteca personal. También la de mi madre y parte de la de mi hermana. Sé perfectamente quién tiene las obras completas de Borges que eran mías o las de Habermas, que era un filósofo que me encantaba.

¿Dolió desprenderse de ellos?

El primer punto es doloroso y el segundo es muy agradable. Llevaba toda la vida cargando con muchos libros y resulta que había un montón de cosas que no leía. Estaban ahí y no servían para nada. Somos muy fetichistas con los libros, pero para mí eso desapareció con el tiempo. Me quedé con unos treinta que estaban vinculados a mi historia sentimental, que son los que puede haber en mi casa. Ahora cuando compro uno lo leo y luego lo traigo aquí. Me quedo con algunos que son realmente bonitos, buenas ediciones. Ese afán de tener los libros se me ha pasado, igual porque estoy todo el día rodeado de ellos.

Imaginemos que alguien recibe una herencia de un familiar muy lejano al que apenas conoce, o que compra una casa y se encuentra con una biblioteca enorme que tal vez ni le interese. En esos casos puede que duela poco o nada. En otras circunstancias sí duele; hay gente a la que le he visto desprenderse de libros sin querer, por la situación económica. Otras veces es muy efectivo, porque es gente que va a emprender otro tipo de aventura o va a cambiar de casa y no quiere arrastrar con ellos.

Como te decía, compramos a gente normal que ha ido adquiriendo libros a lo largo de su vida y que, por múltiples razones personales, se quiere desprender de ellos —una mudanza, un traslado de ciudad, un bebé que llega—. Cuando tienen una cantidad importante vamos a su casa a comprar. Es una buena oportunidad para que otra persona disfrute de ellos a precios bastante razonables: te puedes llevar un libro por tres euros, dos por cinco y cinco por diez euros.

¿Esos precios son para cualquier tipo de libro?

Sí, no importa el tamaño, si está o no ilustrado, si es grande o pequeño. Aquí lo único importante es que a ti te guste, es decir, que encuentres cosas que te resulten atractivas. Los precios invitan a la gente joven. Tenemos clientes de doce o trece años que vienen aquí con sus familias y amigos a comprar libros. Es una manera distinta de ocio. La librería no es un templo de la intelectualidad: es un sitio de encuentro con la gente y los libros, con la palabra. Aquí hay música, hay murmullo y charla. La librerías deberían ser un sitio irreverente. Invitamos a los colegios a que hagan visitas con los niños para que se acerquen a los libros, que son objetos cercanos y con el que hay que familiarizarlos si queremos que lean. Los libros se cuidan pero también se tocan.

Llama la atención lo de la música. Los sitios así suelen estar en silencio.

Un silencio sepulcral, sí. Nosotras aquí siempre quisimos poner música. Ponemos clásica a primera hora porque nos parece que es relajada y no es invasiva. A medida que el día va avanzando vamos cambiando. Hay un pop que nos encanta. Nos gusta el rap, el hip hop, el jazz, el blues, la chanson, la canción italiana. Procuramos ir combinándolos a lo largo del día, a veces en función de la gente que hay. En alguna ocasión nos preguntan qué está sonando. También ayuda a compartir.

¿Qué tipo de persona viene aquí?

Hay una diversidad inmensa de lectores: desde gente que es muy sesuda hasta otra que va a la playa un rato y lo que quiere es leer algo desenfadado. Está bien que entre lo mucho y bueno que podamos leer haya cosas que no consideremos tan buenas. Creo que a todo el mundo le gusta tener un momento de salida en la lectura a través de algo fresquito o no tan elaborado. Por ejemplo, hay mucho rechazo a la novela romántica. Se lee mucha aunque nadie lo confiese, parece que da cierto pudor. Te puede interesar más o menos que el amor sea el eje central, o puedes criticar incluso ese amor romántico, sobre todo por parte de las mujeres —y que nos ha llevado a una situación tremenda—, pero hay libros y autoras maravillosas. Hay una mujer que está haciendo su tesis doctoral sobre la Inglaterra victoriana que viene aquí y escoge literatura de ese tipo porque hay escritoras que la describen muy bien. Es decir, tienen también un valor literario. Además, la gente lo pasa bien leyéndolas.

La librería abrió por primera vez en la Plaza del Teatro, pero hace unos meses os trasladasteis aquí, a calle Victoria. ¿Por qué?

Las razones han sido muchas. Una muy importante era el precio del alquiler para dos personas: mil quinientos euros. Una barbaridad. Otra es que, pese a que estaba en el centro histórico, era una zona poco transitada, algo escondida. No es una zona comercial y quedan pocos vecinos allí; el centro ha pasado de diecisiete mil vecinos a cuatro mil y pico. Esas son las dos razones principales. Por otra parte, con el paso del tiempo se nos había quedado un poco pequeña. Nos dijeron que tenía equis metros y tenía bastantes menos. Pero bueno, hemos pagado la novatada, tenía que ser así.

Había temor al cambio, algo que te va frenando, ya que tenemos una cierta inercia a permanecer. Estuvimos explorando varias zonas, siempre con la idea de encontrar ubicaciones céntricas. De pronto descubrimos este local, que hasta hace quince años había sido una vivienda. La gente dice que también hubo una peluquería. Era un espacio oscuro, machacado, húmedo. Pero nos dimos cuenta de que tirando paredes y haciendo cosas podía quedar algo muy bonito. La calle Victoria nos gusta porque es una zona de paso hacia el centro, es segunda línea, hay gente que vive y compra aquí. Es un barrio muy asentado. Además, el alquiler son ochocientos cincuenta euros, mucho más barato que el anterior. Hemos ganado espacio físico para seguir realizando otro tipo de actividades que veníamos haciendo, como presentaciones de libros, lecturas poéticas o exposiciones. Hay una mejora en todos los aspectos. Estamos encantadas con el cambio.

¿Se lee tanto como se compra?

No sé si los libros que compran los clientes se los leen. Lo que sí puedo decir, por el tiempo del que disponemos los seres humanos con una vida normal, es que, en general, compramos más de lo que somos capaces de leer. La vida no da para tanto; ocurre lo mismo con las exposiciones, las películas, la música. Hay compradores y compradoras que se llevan cantidades ingentes de libros. Es imposible que alguien que compra todos los días aquí, lo mismo tres libros, los lea. Pero también es verdad que mucha gente viene buscando algo para regalar, o se lleva libros por la encuadernación, por las ilustraciones. Hay gente que sí compra discretamente: se lleva un libro, lo lee y cuando lo termina viene a por otro.

Existe una demonización de la gente joven por parte de otras generaciones. Con eso no estoy de acuerdo. Si te pasas por la librería, sobre todo de jueves a sábado por las tardes, verás que aquí se junta una cantidad de gente joven muy importante. Otra discusión sería las cosas que leen. Hay gente que es capaz de mezclar la lectura de clásicos con Terry Prachett y las conversaciones de su Whastapp, por ejemplo. Lo que quiero decir es que hay otro modo de leer, y que no podemos estar siempre escudándonos en eso de “yo cuando era joven” o “yo cuando era adolescente”. El otro día leía un artículo sobre una profesora de sesenta y un años que decía que ella sí había ido a una escuela con un sistema educativo de calidad. ¿Pero tú con esa edad no fuiste a la escuela franquista donde muchos contenidos estaban cercenados y había una disciplina desmedida? También había una incultura feroz entonces. Hay un montón de gente que piensa que cualquier tiempo pasado fue mejor. No: cualquier tiempo pasado fue distinto.

Ahora tenemos acceso a otros modos de lectura, unos lo aprovechan y otros no. En España se lee, pero no creo que pueda considerarse un país lector. Fallan las políticas educativas y culturales, también fallamos los papás y las mamás. Es un problema estructural que habría que resolver si queremos tener una sociedad más lectora. Necesitamos políticas que ayuden a que la literatura, el cine, el teatro y la música sean patrimonio de todo el mundo. Eso se hace estableciendo en la escuela que la cultura es importante. Por tanto, tenemos que dar música, leer poesía, familiarizarnos con los teatros, con los museos. Es parte de un modo de entender la cultura que nos compete a todos.

 

¿Cómo consideras la oferta cultural de Málaga en los últimos años?

A mí el tiempo no me da para hacer todo lo que la ciudad ofrece, pero creo que hay variedad en música, en teatro, en cine —soy una fiel seguidora del Albéniz—. Criticaría parte de la política cultural del Teatro Cervantes, que a veces no acierta en su cartelera siendo el gran recinto que es. Tampoco estoy conforme con la política de precios: me parece que es carísimo. No se aprovecha del todo el teatro tan bueno que es, porque, en general, suenan e iluminan muy bien los conciertos y las funciones de teatro. Luego tenemos otras ofertas más populares en el Teatro Alameda o más amateur en el Cánovas. Ahora existe mucha variedad, una riqueza enorme. Cuando yo estudiaba en Málaga no había nada.

Málaga me parece una ciudad muy fácil y bonita para vivir. No cuesta relacionarse con la gente. Es una ciudad abordable en transporte público y caminando; puedes ir a cualquier lado utilizando sólo los pies. Además, el clima acompaña permanentemente, tienes acceso a la montaña y al mar, hay una luz muy bonita en cualquier época del año. La verdad es que es una ciudad muy buena para vivir.

Cuéntanos algo de tu biografía como lectora.

He sido toda la vida una gran lectora. Desde que tengo recuerdos los regalos en Reyes o cumpleaños siempre iban acompañados de libros. En casa de mis padres había dos regalos que no fallaban nunca: las pelotas y los libros. Me encantaba jugar con la pelota de todas las maneras. Igual los Reyes nos traían veinte pelotas.

Entonces estaban los libros pero también el ejercicio.

Sí, sí. Era una niña poco convencional. Vivía en el pueblo y me gustaba jugar a las cánicas, ir al campo a robar cerezas o lechugas, subirme a los árboles, cazar ranas en el río. Si me traían muñecas les cortaba el pelo y les arrancaba la cabeza. Mis grandes pasiones fueron leer y jugar en la calle. La primera historia larga que leí fueron Las aventuras de Tom Sawyer con ocho años. Además, mi despertar sexual fue con ese libro. Hay una escena en donde Becky, una niña con trenzas rubias que no se parecía en nada a mí, se da un beso en la escuela con Tom Sawyer, y yo pensé que a mí me gustaría hacer eso. Claro, los únicos besos que yo conocía eran los que mi madre me daba por la noche. Ahí descubrí que había otro tipo de besos.

Como lectora a veces no he sido excesivamente bien aconsejada, también porque no me dejaba mucho aconsejar. De adolescente, con catorce años, leía mucha teoría política, a existencialistas como Sartre y Camus, cosas sobre feminismo. Mi ídola de entonces era Rosa Luxemburgo. En fin, leía cosas que a esa edad no sé si se terminan de entender del todo. Muchos de esos libros ahora no los leería porque me aburriría como una ostra, pero entonces era lo que tocaba. También leí a los clásicos y muchas obras contemporáneas. He ido alternando la lectura de cosas densas con otras más ligeras. Ahora sólo leo lo que me apetece leer y cuando me apetece leerlo, sin obligaciones. La lectura depende de tu momento personal, de cómo te acercas a la literatura. A lo largo de toda mi vida he sido una lectora voraz de poesía, y es lo único que hago a diario: leer poesía. Todos los días me apetece. Además, es una cosa que comparto con frecuencia en las redes sociales de Re-Read. También me apasiona la novela negra, donde creo que hay cosas que están muy bien escritas. Aquí en la librería aprendes a través de la gente, descubres multitud de libros y autores.

¿Alguna recomendación?

Lo último que me ha gustado mucho es un libro editado por Acantilado que se llama La tía Mame, de Patrick Dennis. Es una novela divertidísima sobre un huérfano que se va a vivir con su tía Mame, que es muy particular. Otra que me ha encantado es En Grand Central Station me senté y lloré, de Elizabeth Smart. Es maravillosa. La dejé aquí en la librería y querría recuperarla para volver a leerla. Borges, Cortázar o Ana María Matute siempre me han gustado mucho. Hay tantas cosas para recomendar. En poesía citaría a Cernuda, Szymborska, la colombiana Piedad Bonnett, Chantal Maillard. Siempre hay que estar abierto y despierto a cosas nuevas; no hay que tener ni prejuicios ni tabúes con los libros.

Aquí también organizáis otro tipo de actividades.

Sí, se pueden seguir a través de la página web. Hemos contado con recitales de poetas estupendos como Álvaro García o Pepe Infante. Lo que pasa es que no tenemos regularidad. Siempre hemos querido que la gente haga uso de este espacio. Es decir, si alguien se dedica a la fotografía y descubre que aquí puede exponer su trabajo tiene la posibilidad de hacerlo. Nosotras con eso no nos llevamos nada, es mucho trabajo pero no tenemos ninguna compensación económica que, por otra parte, no queremos. Lo que hacemos ese día es ofrecer un aperitivo, una copa de vino, y acompañar a la gente. Queremos que este espacio se mueva, que esté vivo.

Fotos: Francisco J. Fernández.

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