Andrés Calamaro, durante su actuación de anoche en Málaga. Daniel Pérez / Teatro Cervantes

Tal vez sea cosa mía, pero no parece que la actual gira de Calamaro por nuestro país haya levantado una expectación extraordinaria. Se hace raro, sobre todo, teniendo en cuenta que los conciertos anunciados hace unos meses conmemoran los veinticinco años de un disco fundamental como es Honestidad brutal y la creciente demanda que existe actualmente para asistir a espectáculos musicales de diversa índole aunque sólo sea para darse una vueltecita y hacer las fotos de rigor. Cierto es que el argentino ha visto mermada su popularidad en los últimos tiempos debido a sus controvertidas opiniones públicas sobre política, economía, sociedad y vaya usted a saber qué más. Tampoco ayuda una producción discográfica que se tambalea desde hace lustros entre discos menores y algunas comparecencias en vivo ciertamente irregulares, aunque esto último, conviene apuntarlo, parece haber quedado felizmente atrás desde hace algunas temporadas.

Para rematar la faena, el anuncio de su actual tour lleva por nombre Agenda 1999, y cuando uno intentaba averiguar de qué iría la cosa sólo se topaba con vaguedades lanzadas desde la agencia del músico. Un ejemplo: «Los rumores permiten suponer que la gira Agenda 1999 (tal y como se presenta el corriente año) podría hacer eje en las canciones del álbum Honestidad brutal, pero se conoce a AC como “enemigo público” de la nostalgia y por su apego a discos menos aclamados como Volumen once y recovecos musicales menos populares o celebrados por la crítica». Es decir, no había ninguna confirmación —aunque se veía venir, cierto— de que las próximas apariciones de Calamaro sobre los escenarios estarían dedicadas, por fin, a repasar aquel Honestidad brutal que tan alto dejó el listón para los venideros discos de rock grabados en castellano. Pero las cosas están yendo bien, qué duda cabe: se venden entradas y las crónicas son prácticamente unánimes a la hora de calificar los conciertos con un notable alto o un sonoro sobresaliente. Por no hablar de Latinoamérica, donde el anuncio de cada nueva fecha de la gira Agenda 1999, que recalará por allí a partir de octubre, es celebrado con una magnífica algarabía.

Foto: Daniel Pérez / Teatro Cervantes

Tras el éxito del impecable Alta suciedad (1997), los seguidores de Calamaro esperaban otro álbum directo, conciso y memorable. No fue del todo así: Honestidad brutal, grabado durante 1998 en varios estudios y tres países diferentes, incluía treinta y siete canciones que se abrían a distintos palos musicales y en donde los textos, a menudo plasmados en extensas vomitonas de varios minutos, contenían una notoria profundidad emocional. Fueron meses regados con todo tipo de excesos, como el mismo Calamaro recordaba hace unas semanas para el diario El Mundo: «Comprábamos cocaína, organizábamos orgías, nos poníamos a tocar. Fue una época muy fuerte. Yo acabé como un fantasma, de flaco y de pálido». La ajetreada actividad no se detuvo ahí, ni mucho menos, ya que las difusas sesiones de grabación que siguieron a Honestidad brutal terminarían por perfilar el pantagruélico festín que supone El salmón (2000) y sus 103 cortes. Pero eso, ya saben, es otra (gran) historia.

El caso es que es ahora, un cuarto de siglo después, cuando Andrés se sube a los escenarios de aquí y allá para presentar las bondades de Honestidad brutal a través de un repertorio de veintitantos temas que sufre alguna que otra modificación en cada nueva cita. La de ayer en el Teatro Cervantes, dentro de la programación del Festival Terral, se saldó con lleno, concierto más cercano al sobresaliente que al notable y un ambiente inmejorable: ni siquiera el anuncio de treinta minutos de retraso con respecto a la hora prevista debido a cuestiones logísticas (?) hizo mella en los asistentes, que se mostraron animados y cantantes durante la mayor parte de la velada.

Es imposible reproducir aquellas canciones tal y como fueron registradas, por lo que Calamaro, bien consciente de ello a sus 62 años, las coge y sacude para potenciar sus virtudes y, ya de paso, colocar en primer término las guitarras eléctricas de la estupenda banda de corte stoniano que le acompaña, probablemente una de las mejores que ha configurado el argentino a lo largo de su dilatada carrera y en la que militan Germán Wiedemer (director musical, piano y coros), Julián Kenevsky (guitarra y voz), Brian Figueroa (guitarra), Andrés Litwin (batería) y Mariano Domínguez (bajo).

Foto: Daniel Pérez / Teatro Cervantes

Abre fuego El día de la mujer mundial, que sirve para templar sonidos y sensaciones y a la que le sigue rápidamente el irresistible funk de Más duele, que luce ya esos pequeños y necesarios reajustes que demandan según qué secciones y melodías en este 2024. No tardan en llegar Te quiero igual, la primera gran coreada de la noche, Eclipsado, Son las nueve, Ansia en Plaza Francia, una atropellada pero siempre emocionante Con Abuelo o ese reggae lisérgico que sigue siendo Las heridas.

Hacia el ecuador del concierto es el turno de Socio de la soledad, Una bomba, Cuando te conocí y No tan Buenos Aires, a la que Calamaro y compañía le seccionan su segunda parte para encajar, tiene lógica, Clonazepán y circo. No faltaron ni Paloma ni Maradona, ambas cantadas con inquebrantable vigor por el público, ni tampoco el rescate de algunas piezas no incluidas en el disco homenajeado en esta Agenda 1999: All you need is pop, Tuyo siempre, Flaca, Crímenes perfectos y Los chicos, con la que se cerró la actuación con todo el mundo ya de pie y meneándose, sirvieron para rememorar esos otros caminos que Andrés transitó antes o después de un Honestidad brutal aún inagotable.