
Si al jazz le cuelga desde hace décadas el sambenito de música difícil, cerebral y culta, tendremos que suponer que una de sus bifurcaciones más extremas, el free jazz, roza lo ininteligible al tratarse, según Mariano Peyrou (Buenos Aires, 1971), de un estilo musical que «exacerbaba la negritud, rescataba las raíces africanas, explotaba la ancestral polirritmia y al mismo tiempo conectaba con las vanguardias artísticas de su tiempo, generando un tipo de improvisación nunca oído hasta entonces. Era un jazz más radical, tanto en lo musical como en lo político». Son este tipo de etiquetas o hashtags (#complicado, #chirriante, #inaccesible), y que más allá del jazz y sus múltiples ramificaciones se le atribuyen también a otras corrientes musicales e incluso a la obra al completo de numerosos músicos y compositores, las que intenta ahuyentar Peyrou de un manotazo gracias a los abundantes apuntes y consejos esparcidos en dos nutritivos ensayos que se complementan la mar de bien: Oídos que no ven: Contra la idea de música intelectual (Taurus, 2022) y Free jazz: La música más negra del mundo (Nuevos Cuadernos Anagrama, 2024). Provisto de ambos libros —a poder ser, uno en cada mano— podremos iniciar o proseguir un desaprendizaje que aleje de nosotros esa «clase de pasividad y pereza generalizadas que es desde donde surge, en muchísimos casos, la acusación de intelectualidad» que con frecuencia ha recaído —y aún recae— en el catálogo de intérpretes como Ornette Coleman, Cecil Taylor o Albert Ayler.
Mientras que Free jazz: La música más negra del mundo se descubre como un didáctico y extraordinario tratado que se introduce con decisión y prosa viva en uno de los subgéneros más controvertidos del jazz, Oídos que no ven se configura sobre la base de cientos de citas que incluyen declaraciones de Confucio, Nietzsche, Georges Braque, Thelonius Monk, Miles Davis o John Cage —entre otras muchas personalidades— y que van conformando por el camino el armazón sobre el que se sustenta la esencia de lo que Peyrou quiere hacernos ver y escuchar con ambos ensayos y que podríamos sintetizar en las palabras de Duke Ellington: «Todo músico sabe que el juicio último de una interpretación musical depende de su impacto inmediato sobre el oído humano antes que de los conocimientos previos o el estudio académico». Y añade que los números, lo que hay detrás de la composición, no le dicen nada al oído: lo único que importa es lo que entra por él. Es decir, escribir una canción o una suite puede ser un proceso intelectual —extraordinario o no, pero siempre intelectual— pero no así el ejercicio que posteriormente realizamos nosotros al escucharla. «Creo que no está del todo claro», apunta Peyrou, «cuando decimos que una determinada música es intelectual si nos referimos a que los creadores han hecho un gran esfuerzo intelectual o a que la música exige un gran esfuerzo intelectual de los oyentes. Supongo que a veces a una cosa, a veces a la otra y, en general, a una sensación indiferenciada que puede abarcarlas ambas. A mí me parece que la música es siempre producto de un gran esfuerzo intelectual, un esfuerzo sostenido y compartido durante milenios».
Y es que parece que al oyente de a pie le molesta e incomoda, hasta cierto punto, percibir el elemento intelectual en la música como un fin y no como un medio para expresar emociones o acompañar barbacoas y bailoteos. No cuela, no. Peyrou detecta el problema («en la inmensa mayoría de los casos en que los músicos reciben esta clase de acusaciones, lo intelectual en realidad es un medio, y hay una percepción errónea derivada de la falta de familiaridad del oyente con un determinado lenguaje») y nos invita a indagar en otros estilos asumiendo «un tipo de escucha más humilde y sensorial que nos permita conectar con lenguajes musicales a los que no estamos acostumbrados». Debemos ser, por tanto, copartícipes y copadecientes para poder así alejarnos de un tipo de escucha pasiva (como la que propone la radio y la música ambiental) que no permite elegir el disco que suena, el volumen o la calidad de reproducción. Se trata de algo tan aparentemente sencillo como escuchar, apenas pensar y dejarse llevar: «Una buena parte de la música que se tacha de intelectual busca deliberadamente colocar al oyente en una posición en la que lo intelectual no sirve: está diciendo que ha de escucharse con los oídos, abandonando el marco de referencia que el oyente conoce y con el que se siente cómodo». A todo que sí.































