Una imagen de 'Los exiliados románticos' (Jonás Trueba, 2015).

Parece inevitable no entusiasmarse leyendo La aventura de ser maestro, de José Manuel Esteve, Catedrático de Teoría e Historia de la Educación en la Universidad de Málaga fallecido en 2010. Tras veinticinco años de recorrido, Esteve afirma en el texto que nadie nos enseña a ser profesores, más bien aprendemos gracias al ensayo y su consecuente error. Llegó a la conclusión de que el objetivo final en la docencia es ser maestro de humanidad, es decir, ayudar a los alumnos a comprenderse a ellos mismos y a entender también el mundo en el que viven. Para ello el camino más conveniente será el de rescatar, en cada una de las lecciones, el valor humano del conocimiento; la tarea del docente es recuperar las preguntas, las inquietudes y el proceso de búsqueda de los hombres y mujeres que elaboraron los conocimientos que ahora figuran en los libros: hay que recrear el estado de curiosidad en el que se obtuvieron las respuestas.

Las palabras de Esteve nos trasladan a algunas páginas de Las pequeñas virtudes, de Natalia Ginzburg. Uno de los ensayos que componen el libro comienza así: «Por lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y de saber». Ginzburg también escribe que cuando somos felices nuestra fantasía tiene más fuerza. Sin embargo, la infelicidad hace que sea nuestra memoria la que actúe con más brío.