Dietario voluble contiene las anotaciones hechas por Enrique Vila-Matas en su cuaderno personal entre diciembre de 2005 y abril de 2008. A un lector habitual de su obra apenas sorprenderá lo que encontramos en sus casi trescientas páginas, pero un primerizo podrá descubrir más o menos de un plumazo a qué juega este hombre en sus libros desde hace ya algunos años; probablemente desde sus comienzos. Enrique, él bien lo sabe, sufre del mal de Montano.

Uno de los sucesos más terroríficos que relata corresponde a un texto de diciembre de 2006. “Es peligroso regalar”, avisa, “no podemos regalar nada que nos guste mucho, pues si casualmente llegamos a encontrar algo maravilloso, el impulso natural nos conduce a quedárnoslo, nos lo apropiamos, no llega nunca a la persona a la que pensábamos obsequiar”. Tal vez lo más difícil sea regalar libros, y Vila-Matas parece haber sufrido algunas decepciones al respecto. Es complicado regalarlos “cuando quien los recibe pregunta si merece la pena leerlos”, pero también cuando el destinatario es muy exigente y mira los libros “con extraña atención y acaba preguntándote si les acabas de regalar medio kilo de papel y tinta o bien una nueva vida”. Especialmente peliagudo es regalar un libro a esas personas que sólo se fijan en el título. “Me ha ocurrido”, cuenta, “que regalé El arte de callar, de Dinouart, a alguien tan susceptible que pensó que trataba de indicarle que fuera menos charlatán, que hablara menos, sobre todo en mi presencia”. Con El laberinto de la soledad, de Octavio Paz, “el amigo tímido que lo recibió y que llevaba años sufriendo en silencio su condición de solitario casi rompió a llorar porque había creído leer El laberinto de tu soledad“. Y no sabemos qué pensaría aquella amiga deprimida a la que le compró Rumbo a peor, de Samuel Beckett.

Por sus páginas vuelven a pasear, juntos, revueltos o por separado, caras tan reconocibles dentro de su obra como Kafka, Ricardo Piglia, Pessoa, Sergio Pitol, W.G. Sebald o Juan Villoro. Citas de todos ellos se esparcen por el diario, aunque no hemos comprobado si son ciertas, si no existe algún tipo de amaño en ellas. Poco importa a estas alturas. Hay una de Antoine de Rivarol que conviene registrar con algarabía: “¿La eternidad? Sin duda me encantará; uno entra en ella tumbado”. Por otro lado, agrada comprobar su entusiasmo ante lecturas de Slavoj Žižek (En defensa de la intolerancia), Raymond Queneau (Ejercicios de estilo), Julien Gracq (El mar de las Sirtes) o Montaigne. Y sacude siempre nuestra inventiva con pequeños párrafos que en manos de un Cortázar o de un Bolaño podrían alcanzar la inmortalidad en forma de cuentos. Es el caso de aquella historia “de un famoso escultor vasco que, cuando estaba solo y se aburría por las tardes en su casa de siempre (su casa natal), colocaba un cartel en la puerta donde decía: “Se vende”. Y se quedaba fumando un cigarrillo, asomado a la ventana, esperando. Era su manera de ir en busca de una conversación que llenara la tarde”.

El dietario, además de exhibir los particulares síntomas de un enfermo de literatura, se revela igualmente como una colección de puntos geográficos; Liubliana, París, Helsinki o Póvoa de Varzim, cerca de Oporto, se nos muestran bajo unos patrones de luz poco habituales. Sin embargo, con Barcelona, donde nació y reside, el tono tiende con frecuencia a un grisáceo manoseado: “Ya no es sólo la barbarie que en una sola mañana a mí me ha alcanzado por tres ángulos distintos, sino también esa incomodidad creciente de notar que la ciudad ya no es nuestra, que es un gran parque temático para extranjeros y que en realidad con tanta estupidez ya se ha producido —en los próximos años simplemente se confirmará— el fin de Barcelona”.

Dietario voluble fue editado por Anagrama en 2008. En la foto de portada, tomada por Olivier Roller, observamos a un Vila-Matas de espaldas y con la mano izquierda introducida parcialmente en el pantalón. Un poco más abajo el retrato se agota. La imagen, como suele ser habitual en estos casos, está congelada; probablemente no se vaya a mover jamás. Pero podemos jugar a imaginar con qué intenciones puso Enrique su mano ahí.

Fotografía de la entrada: Pere Tordera.

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