Escribe Carmen Martín Gaite en una de sus estupendas divagaciones recogidas en El cuento de nunca acabar (Siruela, 2009) que «los que cuentan mal no saben dar la noción del tiempo». Vamos a ver: podemos describir la luna o una montaña de infinidad de maneras, pero ambas seguirán igual de inmutables —a pesar de que el narrador «las adjetive como las adjetive»— cuando tanto usted como yo estemos ya descansando eternamente de todo y todos. Otro cantar es delinear un personaje que aparece por primera vez en un relato. Para Martín Gaite no es aconsejable manifestar de buenas a primeras que ese sujeto recién llegado «era generoso y compasivo o que tenía instintos criminales, eso el tiempo del relato lo dirá. No se le puede ver de una pieza, se le tiene que ir viendo a través de lo que haga, de lo que diga, de las actitudes que tome». Es decir, no debemos —es la recomendación de Martín Gaite— colgarle etiquetas a todos aquellos individuos que se incorporen a la trama y cuya importancia dentro de ella vaya a destaparse cuanto menos como notable o sobresaliente.

Sucede algo similar cuando nos presentan a alguien: sólo el tiempo dirá si esa persona pasará a engrosar la lista de nuestras mejores amistades o, por el contrario, su silueta se cubrirá pronto de niebla y noche. Puede ocurrir también que el fulano al que acabamos de tender la mano se afilie desde ese momento al conjunto de rostros que simplemente se cruzan de forma intermitente en nuestra vida por aquí o por allá. A saber. En cualquier caso, debemos aguardar y observar. «Espere usted a ver», copiamos de nuevo a la Gaite, «porque puede ser de una manera o de otra, según lo que pase, según con lo que se enfrente y lo que el tiempo vaya haciendo de él. Pasa igual en la vida, a nadie hay derecho a colgarle para siempre el mismo adjetivo. Las personas tienen un antes y un después, y eso es lo que hay que saber marcar en la historia. Son su proceso, el de la historia misma que viven. No son, van siendo». 

En otra de las cientos de observaciones que sobre la narración oral y escrita encontramos en El cuento de nunca acabar, y que tiene que ver con la comentada en el párrafo anterior, la escritora salmantina es más enérgica en su sentencia: «Tampoco las novelas tienen derecho a definirnos a un personaje en cuanto nos lo ponen delante de los ojos, su misión es la de llevarnos por los vericuetos en que se vea metido y dejarnos ir conociendo progresivamente cómo reacciona». Y aunque Martín Gaite no lo cite —ni falta que hace—, su dictamen sobre los personajes que deambulan por un relato coincide en mayor o menor medida con la definición que Aristóteles dejó fijada en su Poética sobre los caracteres, concepto fundamental a la hora de armar una tragedia, siempre según el Estagirita, junto a la fábula, la elocución, la manera de pensar, el espectáculo y la composición musical. 

De estos seis ámbitos el que nos interesa aquí es el de caracteres, que podríamos definir como las cualidades que atesoran los personajes que participan en los hechos y que vendrán acreditadas por la actitud o elección que tomen frente a las distintas situaciones de la acción. No se trata, pues, de una simple exposición de las voluntades de los protagonistas del relato. Aristóteles se refería a la tragedia o a la épica, pero —ya ven las sugerencias de Martín Gaite— podemos aplicar muchas de sus teorías literarias al teatro, a la novela o a la lírica transcurridos dos mil años y pico desde que las formulara. El filósofo, polímata y científico griego también sintetizó en cuatro puntos —que no vamos a desarrollar aquí— las cuestiones a tener en cuenta para perfilar caracteres provechosos y contribuir así a la correcta construcción del argumento: que sean buenos, apropiados, semejantes a la realidad y coherentes incluso cuando el personaje sea inconsecuente. Tomen nota.

En fin, se podrá estar o no de acuerdo con los pronunciamientos de una y otro o con el caminito a medio asfaltar que hemos trazado en este texto para conectar las ideas de ambos, pero qué divertido y hasta bonito ha sido reunir aquí a la Gaite y a Aristóteles en una noche como la de hoy.

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