Parte de lo que Peter Handke expone en su Ensayo sobre el Lugar Silencioso (Alianza Editorial, 2015) tiene que ver con lo que Julio Cortázar le contaba en 1977 a Joaquín Soler Serrano en el programa A Fondo de Televisión Española: «Es un poco como la historia del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Me sucede, y es algo que yo lamento, que a veces, en grandes reuniones en las que me siento muy bien, hay un minuto en que Mr. Hyde me dice en el oído “¿por qué no estás escuchando un disco tranquilo en tu casa?”». La confesión del escritor argentino a Soler Serrano guarda relación, ya decimos, con el punto de partida que Handke establece para tirar del hilo de su ensayo: la novela Las estrellas miran hacia abajo publicada por A. J. Cronin en 1935. En ella, según recuerda Handke, uno de los personajes, niño y luego adolescente, se acostumbra a ir al retrete sin tener necesidad de ello. El objetivo de encerrarse allí y permanecer aislado más tiempo del esperable no es otro que el de escapar del incesante parloteo de los adultos de su familia.

Recuerdos, anécdotas y cavilaciones se cruzan en este Ensayo sobre el Lugar Silencioso cuyo título bien merece la nota a pie de página que introduce el traductor de la obra, Eustaquio Barjau, en los primeros compases de la lectura y que reproducimos aquí: «La expresión el lugar silencioso se emplea en alemán para designar, en un registro a la vez eufemístico e irónico, el retrete. Dado que aquella frase puede usarse también en sentido literal, en este libro Peter Handke establece esta distinción: cuando aquel sintagma se emplea en sentido eufemístico, el adjetivo se escribe con mayúscula —en alemán los nombres se escriben siempre con mayúscula—; cuando se usa en sentido literal, el adjetivo aparece con minúscula». Es decir, que el autor austriaco hace referencia en las poco más de ochenta páginas del libro a los cuartos de baño, claro está, pero también a esos otros espacios, ya sean reales o imaginarios, donde el ruido, la furia y la tontuna del exterior se desvanecen para dar paso a la observación, a la introspección, a la reflexión. Hanke cultivó esos subterfugios desde bien temprano en situaciones de lo más variopintas: «Más llamativo aún era el hecho de que uno, sin propósito ni plan alguno, sólo sacándolos de sí mismo, pudiera crear lugares silenciosos, de vez en cuando, en medio de un tumulto (precisamente en el tumulto), en medio de la cháchara, una cháchara que a veces mataba el espíritu de un modo incomparablemente más fuerte que el mismo tumulto». Aunque también ocurría en no pocas ocasiones, ya lo afirmaba Cortázar frente a Soler Serrano, que su deseo de desaparecer durante un rato se producía en mitad de una conversación que no era necesariamente boba o anodina, sino más bien todo lo contrario.

Se pregunta Handke si su búsqueda de los Lugares Silenciosos era una forma de huir del grupo o de mostrar cierta aversión hacia él. Tal vez se trate, sigue cuestionándose, de un hastío hacia ciertos tipos de sociabilidad. Al final, y ante tanta insistencia, se topa con alguna que otra respuesta impepinable: «El hecho de que, estando en medio de los otros, me levantara de repente y me marchara de su compañía, a ser posible doblando varias esquinas y pasando por más de nueve veces treinta escalones: ¿era un acto asocial, antisocial? Sí, éste es el caso, y lo es a veces de un modo incontestable  […]  Y además era verdad también que el hecho de cerrar la puerta del servicio fuera una sola cosa con un gran suspiro: ¡Al fin solo!». Pero en estas huidas, y una vez convenientemente refugiado, el silencio que rodeaba a Handke se intensificaba cuando, a través de las puertas o tabiques, le llegaban sonidos del exterior: el viento, un tren que pasa, la sirena de una ambulancia. Es más, el efecto se acentuaba si los sonidos que aterrizaban desde fuera tenían que ver con el runrún de la gente a la que acababa de abandonar. Transcurrido un tiempo evidentemente prolongado, a Handke —aunque no siempre— le invadía el deseo de volver «al estrépito, a los ruidos, al infinito fragor de los espacios habitados». Es decir, regresar a la vida (la social) aunque sólo sea para continuar escapando de ella una y otra vez.

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