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Historia de una pequeña revolución

Erik Morse narra las aventuras, desventuras y hallazgos de Jason Pierce y Sonic Boom en ‘Spacemen 3 y el nacimiento de Spiritualized’, libro publicado en nuestro país por la editorial Banizu Nizuke

Al igual que ya ocurriera con los Stooges, The Velvet Underground o Suicide, por citar sólo algunos ejemplos, el verdadero reconocimiento de Spacemen 3 llegaría tras su disolución. La escasa repercusión que tuvieron entre crítica y público durante los nueve años que el grupo se mantuvo en activo iría incrementando su envergadura con el paso del tiempo. La suerte no los acompañó, y cuando daba la impresión de que el proyecto había finalmente despegado y ganaba cierta altura —con una primera gira por Estados Unidos planificada—, Jason Pierce y Peter Kember (Sonic Boom) decidieron poner punto final debido a unas diferencias insalvables. Pero sus discos y conciertos calaron hondo en un puñado de simpatizantes que poco a poco fueron extendiendo las bondades de la formación a través de revistas, fanzines, emisoras de radio o, como es el caso de bandas como Loop, My Bloody Valentine o The Jesus and Mary Chain, bebiendo directamente de su singular propuesta para incorporarla a sus esquemas sonoros con mayor o menor vehemencia. Erik Morse narra en Spacemen 3 y el nacimiento de Spiritualized (Omnibus Press, 2004), publicado el año pasado en nuestro país por la editorial bilbaína Banizu Nizuke, una trayectoria colmada de drogas, broncas y sinsabores en donde también hay espacio, faltaría más, para alguna que otra alegría y hallazgos que a día de hoy pueden rastrearse en un amplio rosario de grupos y artistas.

Jason Pierce y Peter Kember nacieron en Rugby, ciudad situada en el medio oeste de Inglaterra, el mismo día (19 de noviembre de 1965) y crecieron en circunstancias similares. El profundo interés de ambos por la música los unió en una adolescencia donde prácticamente a diario se colocaban aspirando el gas de los mecheros mientras escuchaban discos de MC5, The Gun Club o The Cramps, pero también de Muddy Waters, Howlin’ Wolf y Bo Riddley. Tendidos en el suelo bajo una densa nube de humo de cannabis, los dos amigos comenzaron a darle vueltas a la idea de formar una banda que daría sus primeros pasos como Spacemen 3 cuando Jason abandonó Indian Scalp en 1982. Los ensayos y las conversaciones sobre el futuro se sucedían entre un ingente consumo de drogas que estaba siempre a la orden del día. En palabras del bajista Pete Bain (Bassman), «hasta cierto punto nuestras actividades habían sido relativamente inofensivas, pero crecimos en una ciudad que tenía el apodo de Drugby ya que, debido a su ubicación en la red de ferrocarril y su proximidad a Londres, estaba en todas las rutas de suministro de los traficantes de drogas». Sería Dave Barker quien los ficharía para Glass Records a principios de 1986 tras escuchar la segunda maqueta del grupo, Taking drugs to make music to take drugs to. «En aquella época existían muchas de las llamadas bandas de noise influenciadas por Sonic Youth, Pussy Galore o The Jesus and Mary Chain», explica Barker, «pero Spacemen 3 tenía más blues y góspel. Lo antiguo les atraía tanto como lo nuevo: me gustó el hecho de que se fijaran también en Sun Ra o Coltrane».

En la primavera de ese mismo año, y aún con actuaciones escasas y distantes entre sí, Jason, Sonic y compañía comenzaron a grabar junto al productor Bob Lamb su primer álbum, Sound of confusion, registrado en una intensa semana que se tradujo en ochocientas libras de gasto y en una experiencia que todos estaban de acuerdo en no repetir. «No tuvimos tiempo para meditar bien ese disco», se lamenta Sonic, «creo que lo que defrauda es la producción. Sentimos que habíamos ido hacia atrás. Para nada éramos lo que Bob Lamb intentaba que pareciéramos». Sound of confusion cayó rápidamente en la cubeta del olvido, algo que no ocurriría con su siguiente trabajo, The perfect prescription (1987), donde los gestos amateurs quedarían relegados definitivamente para dar paso a algo más «profundo, orgánico y dulce» según el líder de Red Krayola, Mayo Thompson. Casi nueve meses después de entrar en el VHF Studio, Sonic y Jason se sentaron a mezclar y ordenar la lista de canciones definitiva de un segundo álbum con pretensiones conceptuales. «Va de nuestras mejores y peores experiencias con las drogas», aseguraba Peter Kember, «Call the doctor habla de una sobredosis y Things’ll never be the same trata sobre el primer chute y el cambio de conciencia y percepción que se produce con él». Pese a la evidente satisfacción con el resultado de The perfect prescription, las relaciones entre los componentes de la banda, que venían agrietándose desde años atrás, terminaron por agriarse hasta límites insostenibles en una gira por Europa. «Cuando supieron que Spacemen 3 iba a dejar de existir fue también el momento en que estaban listos para conquistar el mundo, y ellos lo sabían», asegura Goff Roderick, contratado para el desastroso tour europeo como conductor y proveedor de diversas sustancias más o menos tóxicas.

Jason Pierce (i) y Sonic Boom.

Las diferencias entre Sonic y Jason se ensancharían durante la grabación de su tercer disco a causa de la autoría de los temas. «Desde el principio acordamos que compartiríamos los créditos de la composición. Pero cuando llegamos a Playing with fire, Peter empezó a escribir canciones por su cuenta y a reclamar los derechos por haberlas creado. Por eso los créditos de ese álbum son un poco extraños», aclara Pierce. El pico de popularidad del grupo llegaría gracias a Revolution, una de las piezas más relevantes de Playing with fire —y de toda su discografía— que se alzaría con el número uno en las listas independientes inglesas. Con su lanzamiento a finales de 1988 se convirtieron «en el principal fenómeno indie, coincidiendo con el éxito de The House of Love y la síntesis ruidosa y bailable de My Bloody Valentine». Revolution también alcanzaría el número 41 en la célebre lista Festive 50 de John Peel gracias a los oyentes de Radio 1.

Pese a la publicación en enero de 1990 de Spectrum, el primer trabajo en solitario de Sonic Boom, Erik Morse sitúa la fisura definitiva dentro de la formación durante la extensa grabación de Hypnotized, composición que terminaría incluyéndose en el siguiente álbum de la banda. «Fue el comienzo del sonido de lo que posteriormente sería Spiritualized», admite Jason, que reclutaría a algunos de los miembros de Spacemen 3 para poner en marcha su nuevo proyecto musical alejado de Kember. Con el grupo ya disuelto, en febrero de 1991 llegaría a las tiendas Recurring, «una apuesta inacabada de futuras posibilidades» que, precisamente por ello, se encuentra entre lo más granado que registró la banda. En la primavera de 1992 se publicaría el debut de Spiritualized, Lazer guided melodies.

Tres décadas después de la desaparición del grupo, Jason Pierce y Peter Kember continúan adelante con sus carreras por separado: en 2022, Spiritualized entregaba un nuevo capítulo de su intachable trayectoria (Everything was beautiful), mientras que Sonic Boom se aliaba con Panda Bear (Noah Lennox) en el estimable Reset, disco que presentaron el pasado mes de agosto en el festival CanelaParty de Torremolinos.

Tal vez el libro de Erik Morse no sea un producto necesario ni de primer orden, ahora que todo lo publicable parece serlo. Pero sí viene a colocar —esperemos— los cimientos de la hasta el momento escasa literatura dedicada al grupo liderado por Pierce y Kember. Lástima, conviene apuntarlo, que el volumen editado por Banizu Nizuke se resienta de una traducción mejorable y decisiones cuestionables en el aspecto formal. En cualquier caso, es aconsejable surcar estas cuatrocientas páginas si queremos indagar en la vida y obra de una banda que expandió las enseñanzas de sus ascendientes hasta convertirse, por notables méritos propios, en uno de los nombres a los que echar mano cuando toca referirse al nacimiento y desarrollo de una corriente musical independiente e influyente que aunó ruido, melodía, experimentación y marginalidad.

Foto: Spacemen 3, en una imagen promocional de finales de los 80.