Marc Ros, en un momento de la actuación. Alberto Fernández-Baca

Contaba Marc Ros tras los primeros compases de la actuación que se había enfundado pantalones cortos por primera vez para tocar pese a la advertencia que Chris Robinson, vocalista de los Black Crowes, formulaba hace unos años en una entrevista: llevar semejante prenda en un concierto va en contra de todas las normas instauradas en esto del rocanrol. El músico se justificaba, entre las risas del respetable, alegando que durante el confinamiento «había pensado cosas raras». Y quién no. Pero aquello también pasó (crucemos los dedos, ajustemos las mascarillas) y Sidonie, ya en plena neonormalidad, regresaban ayer a los escenarios dentro de la programación del Marenostrum Fuengirola.

El festival, que en el último lustro se ha convertido en puntal de la programación musical veraniega de la Costa del Sol, reaccionó a las restricciones impuestas como consecuencia de la crisis sanitaria anunciando una Edición Limitada que ofrecerá de julio a septiembre más de una treintena de espectáculos. Tal vez echemos de menos el agolparnos en las primeras filas para jalear al grupo de turno con una de esas sudorosas onomatopeyas tan propias del rock que, aunque no digan nada, lo resumen todo. Pero con recintos como el Castillo Sohail, claro, la limitación de movimientos se hace más llevadera: el extraordinario sonido, las pequeñas mesas para apoyar la comida y/o bebida que sirve el personal y las impecables medidas de seguridad convierten al patio de la fortaleza fuengiroleña en un estupendo emplazamiento para el esparcimiento de cara a un periodo estival amortiguado por el coronavirus.

La estampa nocturna la colorearon unos Sidonie que salieron a morder desde el pitido inicial con El incendio y Nuestro baile del viernes. El trío barcelonés, ampliado en directo hasta el quinteto con los teclados de Edu Martínez y la guitarra de Víctor Valiente, sacó a pasear lo más rutilante de una carrera que supera las dos décadas de actividad; veintidós años, siendo exactos, en los que la banda ha ido incrementando de forma paulatina un notable repertorio en el que, independientemente de la página por la que lo abramos, encontramos canciones a las que arrimarse: ahí están para corroborarlo, por citar solo algunas, Costa azul, Fundido a negro, El peor grupo del mundo, Por ti o El bosque, crecida sobre las tablas hasta límites insospechados. También habría que incluir en el lote la reciente El regreso de Abba, tema que debutó anoche en vivo y que dará título a un disco doble que llegará en los próximos meses para acompañar a la novela de Marc Ros —del mismo nombre— publicada en mayo: «Libro y álbum», revelaba la formación en un comunicado, «están conectados como si fueran las ramas de un mismo árbol».

No faltaron Un día más en la vida, No sé dibujar un perro, Un día de mierda o un Fascinado apegado a la remodelada versión que registraron hace un par de temporadas un extenso plantel de músicos encabezados por Serrat. La medianoche coincidió con el alboroto provocado por Carreteras infinitas: los asistentes se pusieron en pie pero fueron rápidamente apremiados a volver a sus asientos obligados, ahora sí, a lucir mascarillas tras la resolución del Consejo de Gobierno andaluz que entraba en vigor, precisamente, el miércoles 15 a las 00.00 horas. Pero la carroza, lejos de transformarse en triste calabaza, continuó adelante con Estáis aquí (quién lo diría hace unas semanas) y una interpretación festiva y semienlatada de Maravilloso. Enfilamos la salida acompañados de la brisa marítima, el regusto a cerveza y la sonrisa indeleble que dibujan siempre Sidonie: parecen vagar por la Tierra con la única y sana intención de hacernos más llevadero un día a día que a veces frunce las cejas y nos da la espalda de mala manera. Lo consiguen.