John Mayall, durante su actuación en 2017. Daniel Pérez / Teatro Cervantes

Aunque ya ocurrió hace un par de años y es algo habitual durante sus giras, sigue chocando toparse, nada más entrar en el Teatro Cervantes, a John Mayall vendiendo y firmando discos en el recibidor mientras varios curiosos se acercan a comprobar a qué demonios se debe el bullicio. Pero es que, además, el bluesman —que el mes que viene soplará 86 velas— repite la jugada junto a sus músicos tras finalizar la actuación: conforme los aplausos en el patio de butacas van menguando, Mayall y los suyos corren a situarse tras su tenderete para dar salida a la mercancía, saludar y hacerse fotos con sus seguidores.

Entre medias, claro, transcurrieron cerca de dos horas de concierto en donde el británico, figura que admite (esta sí) la etiqueta de legendaria, ofreció un directo inmenso acompañado del bajista Greg Rzab, el baterista Jay Davenport (ambos presentes en su última cita malagueña) y Carolyn Wonderland, que se revelería a la postre como el hallazgo sin paliativos de la velada. La texana se unió a la banda de Mayall en abril del pasado año, inyectando por el camino nuevas gamas sonoras al hasta entonces trío gracias a su guitarra, con la que economiza notas, ronronea entre espacios y se lanza a solos sin miramientos cuando los focos recaen sobre ella. Destacó asimismo su vozarrón en los tres temas que cantó anoche, entre ellos una formidable revisión del It takes a lot to laugh, it takes a train to cry que contaría, estamos convencidos, con la aprobación del propio Dylan. A Rzab y Davenport ya les teníamos fichados, cierto, pero ayer se mostraron acaso más contundentes y lúdicos que en su anterior comparecencia, arrastrando continuas y merecidas ovaciones por parte de la concurrencia. Argamasa de primer orden, oigan.

La excusa para la quinta visita de Mayall a nuestra ciudad, por si algún iluminado la reclama a estas alturas del cuento, era doble: por un lado, la celebración de sus 85 tacos; por otro, la presentación del reciente Nobody told me, un trabajo sabroso y poco o nada acomodaticio en el que encontramos aportaciones de Joe Bonamassa, Todd Rundgren, Larry McCray Steven Van Zandt. Siempre detrás de sus teclados, el de Cheshire canta, dirige y se muestra jovial ante las excelencias de sus compañeros y también, según confesó, cuando escucha al público entre canción y canción jalear una de esas sudorosas onomatopeyas tan propias del rock ‘n’ roll que no dicen nada pero lo resumen todo. La guitarra sólo se la cuelga de forma esporádica, eso sí: ayer ocurrió en Dirty water o The bear, pieza incluida en aquel Blues from Laurel Canyon de 1968 del que también rescató Walking on sunset.

Sacó la armónica a relucir en Early in the mornin’ (Louis Prima) o Parchman farm —versión de Mose Allison que aparecía en su álbum junto a los Bluesbreakers y Eric Clapton—, y saludó con efusión a uno de sus referentes, Otis Rush, del que interpretó una sensacional So many roads. Tras el único bis, Looking back, el grupo desapareció raudo entre bastidores para dirigirse nuevamente al vestíbulo del recinto y encargarse del merchandising mientras el respetable aún vitoreaba a los músicos frente al escenario. De hecho, algunos todavía seguimos dando palmas desde casa.

John Mayall firmando discos antes de su actuación. Teatro Cervantes